Notas sobre Haneke y El Rafita
1.
Esta sociedad zafia y verbenera, tan del gusto de lo políticamente correcto y tan empeñada en salir en la foto con una sonrisa/bótox de género, multicultural, transversal y competente, esta sociedad tan focalizada en los conceptos de un capitalismo rancio aprendido del conductismo yanqui y una pedagogía barata que nunca funcionó. Esta España tan nuestra, tan gustosa y degustada a la hora de abrir fosas y darles micrófonos a los asesinos. Aquí lo que vende es el cadáver, y sobre el cadáver se van construyendo las narrativas, y sobre todo, se va metiendo la mano en el bolsillo.
Lyotard no tenía ni idea cuando habló de la caída de los grandes relatos. Aquí el gran relato es ir trincando: trincar del Plan E, trincar de las subvenciones, trincar del colega en el despacho de al lado, trincar del Jaguar, de la central térmica, trincar pero dejar muy claro que somos progresistas, democráticos, solidarios (con Haití o con quién sea, pero solidarios) sin por eso perder la perspectiva de trincar. Lo nuestro es un desfase. España es un país al que le gusta enarbolar el analfabetismo por bandera (nada tan despreciado en España como un pensador y nada tan ensalzado como un calientasillas o un lamemanifiestos), de tal manera que al final uno sabe que se pone la diana en la cabeza.
Haneke en España quizá no hubiera rodado una puñetera cinta, y algo así les pasa a nuestros mejores directores, que nunca serán europeos ni triunfarán en Cannes porque tendrán encima todos los problemas de España. Y España, vamos a decirlo claro, es un país que -mayoritariamente y salvo honrosas excepciones- piensa que ir al cine es esa cosa que se hace el sábado por la tarde para no tener que hablar durante dos horas con la pareja.
2.
España, también en ese profundo desprecio que siente por lo audiovisual, tiene una televisión a su medida. Unas series a su medida y unos talk shows a su medida. España es un país cicatero y cobarde en el que un asesino cínico que hubiera podido salir en una peli de Haneke es mostrado en prime time como una víctima, un pobre chaval, un proletario inocente que tuvo la mala suerte de violar, torturar, atropellar y quemar viva a una deficiente mental.
Espera un momento. Eso yo lo he visto hace dos semanas en el cine. Se llamaba "La cinta blanca" y era un niño con síndrome de down. Pero lo vi antes, también, se llamaba "Benny´s video" y se llamaba "Funny Games".
Zapeo. El Rafita, según cierta cadena y cierta perio-lista que hubiera valido para guionista de las peores producciones de la época estalinista, está arrepentido y tiene miedo de salir de casa. La televisión, ya digo, vomita esa crónica inquietante de la barriada, de la pared mal encalada, del chico con problemas. La sociedad, amigos, es la culpable. Es como cuando Martín Patino hizo "Queridísimos verdugos" y todos nos sentimos henchidos de orgullo y libertad, rollito denuncia y lavado de cara al exterior. Pero España es España y algún malnacido pensará que es una gran idea hacer una entrevista en exclusiva a ese chico que, ya digo, violó, torturó, atropelló y quemó viva a una deficiente mental. No hay que olvidar ciertos detalles.
Pero ahora viene lo bueno. Cita del último de libro de Hernández Les, en su capítulo sobre "Benny´s video":
"Los espectadores hemos sido invitados. Ahora, de algún modo, sabemos que hemos matado a la chica también. Toda la teoría del espectador implícito de Bürch derrumbándose de súbito porque era falsa, pero había tenido que venir este filósofo cineasta a desmontársela (...) Benny es un niño nazi sin símbolos, sin esvásticas. Ha metabolizado el Soberano Mal y con sus actos está atacando por extensión al espectador (...) como si mirar no llevara emparejada una forma de complicidad y compulsión, como si el mirar fuera un acto inocente".
3.
Así que millones de ojos sedientos de sangre y melodrama podrán ver la redención del pequeño asesino en directo. La parte que Haneke nunca muestra - ¡porque no existe!-, la que deja al otro lado de la ficción, es precisamente la que están mostrando los telediarios. Es como cuando se ruedan esa especie de publirreportajes que dan en La 2 para hablar de cómo los menores que cumplen condenas en los centros se integran haciendo teatro o diseñando carteles o haciendo gimnasia. El verdadero crímen de la hiperrealidad es precisamente trocar al asesino por la víctima, hacer un juego de magia y convertir a un canalla en un buen chico, en un corderito arrepentido. Rafita, colega, cómo te lo montas: te quedas con la peña de la prensa y además eres educado, compasivo, buena gente. Es una pena que Haneke ya rodara tu película unos años antes de que te lo pasaras bomba con la banda del chupete dando rulos por el barrio, haciéndote móviles y haciéndote pelucos y haciéndote esa sombra de bastardo criminal que tanto maquilla la tele.
Al final, a uno le duele tanto España porque España no se ha leído en la vida a Jaspers, ni le importa la cuestión de la culpa, ni pensará nunca que España misma pudiera ser culpable de nada.
4 comentarios · Escribe aquí tu comentario
Jorge -
03 Febrero 2010, 19:54...Y la periodista le doy dos besos al conocerlo. Como si le presentaran a un posible ligue en una fiestecita de ático casual.
Adrián Rodríguez -
03 Febrero 2010, 22:27Magnífico post.
El otro día me pareció escuchar al filósofo Agapito Maestre defender la dichosa entrevista con el argumento: "¿Y qué hacemos con Truman Capote?". Refiriéndose, naturalmente, a "In cold blood".
¿Qué opina usted de este argumento?
arodriguez -
03 Febrero 2010, 22:45Pues opino, Adrián, que Maestre ha meado fuera del tiesto. La sociedad y la lectura que generan ambos textos (Capote/El Rafita) difieren radicalmente en tanto están atravesadas a distinto nivel por esa masa pastosa que viene siendo la sociedad del espectáculo. Capote se vió obligado a inventarse todo un género literario para intentar llegar a la naturaleza del asesino, y aquello ya resultó un viaje sin retorno que le costó un precio personal demasiado caro. El problema de la entrevista al Rafita es que, en términos audiovisuales, el mensaje se transmite completamente controlado, higiénico, depurado, desactivado, no vaya a ser que manche al espectador. En su lugar, el lenguaje audiovisual debería gritar -como lo hace en Haneke: ¡Esto es un asesino! ¡Esto es un acto violento! ¡Esto es la conclusión lógica del sistema postmoderno! Pero lo que vimos en la tele estaba contado con el mismo ritmo, la misma cabecera, la misma escala de planos que, pongamos por caso, una entrevista a un cantante de moda. La imagen -una vez que asumimos que no tiene sentido hablar de objetividad- no puede hablar igual de un asesino que de un cantante. Al hacerlo, se convierte al criminal en ídolo de masas y nos deslizamos todos hacia un pozo sin fondo. Esto es, lo que debería haber sido "Natural born killers" pero se quedó en petardo postmoderno.
(No es de extrañar, por cierto, que el propio Haneke considere a "Natural Born Killers" una de las películas más pro-totalitaristas de la historia. Pero ese es otro tema y nos daría para hablar largo y tendido)
Adrián Rodríguez -
04 Febrero 2010, 01:25Muchas gracias por su respuesta. Estoy de acuerdo al 100 % con usted.
Ahora recuerdo, sí, que Haneke cita esa película de Stone como ejemplo de lo que no se debe hacer. Y a Passolini como ejemplo a seguir.
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