The ships are full

El buen documental, de una u otra manera, siempre escapa a los tópicos y a los lugares comunes. E, incluso cuando se trata de un tan manido fake, aspira a enfrentarse de manera más o menos frontal con el problema de la verdad. "The ships are full" es extremadamente cuidadoso en su tono, en su montaje, en su precisa ordenación de los acontecimientos y las palabras. Podría ser un documental clásico si no estuviera atravesado por un cierto aire marítimo y navegable en el que los personajes se desdibujan con un cierto aire a lo Angelopoulos, si no fuera consciente de su naturaleza poliédrica y abierta, si no pecara -como debe pecar todo buen documental- de saberse portavoz de una historia y de una Historia.
Y es que la proyección organizada al alimón por la Casa Sefarad-Israel y la Embajada de Bulgaria tenía ese aire entre sagrado y familiar que impregna necesariamente las cosas importantes. Uno podría estar en casa, construyendo Historia, rodeado de rostros a medio camino entre el interés y el ansia de justicia. El documental es afilado, seco como un dry martini bárbaro aliñado con la sangre de las víctimas, humilde ante su mastodóntica voluntad de testimoniar. Documental que habla casi en un susurro, a media luz, pero que no se priva de retratar éticamente la palabra del Superviviente, del Testimonio que -contra todo pronóstico- afirma no considerarse víctima del Holocausto porque pudo escapar, de refilón y como en un parpadeo, a las mandíbulas hambrientas del III Reich. Llegan hasta nosotros los cuerpos retorcidos, cuerpos de palabras y ademanes incomprensibles pero verdaderas, cuerpos que se enfrentan ante el objetivo de la cámara con las migajas de su propio estar contra todo pronóstico. Si Shoah es un documental sobre la muerte, The ships are full es un documental sobre la vida.
Luego, pasada la proyección, uno escucha otras palabras: las de Kostadinov Kostadin Bonev y Vladov Vladi Kirov, director y el guionista de la cinta. Y, en esas otras palabras -palabras de lo que a mi me gusta llamar los "testigos de tercer grado"-, uno se sorprende y se fascina ante la medida humildad, la exquisita sencillez de dos hombres que han levantado un mausoleo a/en la esperanza pero que apenas quieren ocupar una sombra al fondo del proscenio. Hablan con pasión pero sin grandes aspavientos, cuentan lo justo para dignificar -más, si cabe- su trabajo, pero no se engolan en el oropel barato de su propio nombre. Qué diferentes son los pequeños grandes cineastas, esos que comprenden que cada secuencia rodada es un pequeño milagro y que tienen el don de la imagen entre los dedos. Qué diferentes, y por cierto, cuánto hay que aprender de ellos.
Después la noche madrileña me engulle a toda prisa y otros compromisos -menos interesantes, menos necesarios- se me amontonan sobre la mesa de trabajo. En el lapso de tiempo en el que tardo en atravesar la plaza de Ópera, los dueños de los perros más gélidos de Madrid hablan de temas extraños e incomprensibles. Yo intento otear por los esquinazos de la capital en busca de un mar que nunca llega, un mar siempre ajeno en el que retumban las últimas palabras del último testigo de la cinta: "¿Es capaz de comprenderlo?"

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