Uno siempre intenta no hablar demasiado de política en este blog. Se repite constantemente que los objetivos son principalmente cinematográficos, que ya nos cuesta basante pensar el cine con cierta profundidad como para meterse en otros territorios adyacentes. Un blog -además institucional- no tiene por qué ser un espacio para pontificar. Así que vamos a empezar por el obligatorio disclaimer de turno: todo lo expuesto en este post responde exclusivamente a mi opinión personal, y en ningún caso representa ni a la Universidad que lo aloja ni a la Facultad en la que imparto docencia.
****
Llego de Estocolmo con las maletas llenas de libros y de buenos recuerdos. Como por ejemplo, tomarme un café en el recóndito Judiska Museet frente a los trajes originales que Magö diseñó, entre otras, para "Sonrisas de una noche de verano", "Tarde de circo" y "Creadores de imágenes". Hablaré de todo ello en próximos posts, si la actualidad y el tiempo lo permiten. La cuestión es que regreso de Estocolmo y me encuentro, entre otras desoladoras noticias, con que los pogromos han resucitado por arte de magia y en la Universidad Autónoma algunos miembros de la comunidad judía se salvan milagrosamente de un linchamiento protagonizado por los nuevos cachorros del pensamiento universitario y por otros "radikales" de la libertad.
Y se confirma lo que uno siempre ha pensado: que el antisemitismo sigue estando presente en el núcleo mismo de nuestras sociedades, que espera como una serpiente agazapada y analfabeta a que corran vientos trágicos para volver a manifestarse con toda su virulencia. Ahí está el profundo desconocimiento de la propia historia del siglo XX -véanse, por ejemplo, esas incomprensibles cadenas de correo que "hermanan" fotografías de la Shoah con otras (im)pertinentemente situadas a favor de la causa palestina. También están la necesidad de salir guapo en la foto de la solidaridad, los vientos de la moda y de lo políticamente correcto, la hermandad de la alianza de los pueblos más hermanados, la pachamama, la constante presión mediática y académica, el continuo ninguneamiento de los estudios sobre el Holocausto, la idea de que en España no tuvimos nada que ver con la II Guerra Mundial, la banalización tarantiniana y postmoderna... a los que seguimos empeñados en salmodiar nuestro particular kaddish se nos acusará de fascistas, de proyanquis, de traidores contra los pueblos oprimidos.
Es la canción de siempre, con la diferencia de que ahora se nos ha metido en casa. En nuestro propio sistema universitario se pasean, sin mayores consecuencias, las sombras de los pogromos para goce y zarabanda de los estúpidos, para celebración de los adalides de la tolerancia, porque ya lo dijo el mismísimo Engels -hay otros autores a los que se atribuye la frase-: "El antisemitismo es el socialismo de los imbéciles". Que siga la rueda flamenca. La reforma universitaria quiere crear ciudadanos para Europa, para una Europa competitiva y conectada con el mercado, práctica, internacional, con competencias. Debe ser que lo están consiguiendo, porque parece que nada hay tan europeo como el antisemitismo, como el linchamiento popular, como la revisión constante de la constelación de Auschwitz y como el trazado en el cielo de las cenizas ajenas. Pobre Europa, a la que amamos tanto, que tanto recorta y tanto sufre con su pequeña crisis burguesa y económica, pobre Europa, puta de Babilonia intelectual que quiere ser árabe o asiática, o cualquier otra cosa menos Europa. Pobre Europa de hijos pobres y desmemoriados, que no se ha leído a Bauman ni a Freud ni a Celan, que ni siquiera se ha leído los Evangelios. Pobre, paupérrima y despreciable Europa hipócrita, que imposta una piedad desde la mayoría de los púlpitos mediáticos y académicos pero niega gozosamente el holocausto.
¿Qué falló en el sueño de la transición que al final resultó que un aula universitaria podía ser también la Odesa zarista, o el guetto de Varsovia? Kaddish, otra vez, velas que tiritan en la inmensidad de un cortejo fúnebre interminable y el rostro serio de tantos "nuevos-grandes-hombres" que afirman condenar la violencia pero que sonríen secretamente cuando se escucha el ladrido de los perros a este lado de la alambrada. Qué exquisito goce siniestro el de aquellos tipos que arrasaron el aula e intentaron colgar a unos míseros, miserables, despreciables judíos. Rindamos culto a la diosa madre en la oscuridad de los vertederos, pero sobre todo, que se nos note que nosotros, pese a nuestro Iphone, también somos el Pueblo Oprimido de turno. Que no nos robe el sueño el futuro, porque el futuro somos nosotros.
Uno acaba ya cansado de este circo. Cansado de guardar silencio. Cansado de pasar por tibio. Cansado de no escribir, de no decir lo que hay que decir, cansado de tener que bajar la cabeza por pensar que todavía somos responsables y culpables, que el Holocausto no prescribe, que la Universidad debería cubrirse con un manto de vergüenza por escaparse voluntariamente de su obligación última: evitar que vuelva Auschwitz, evitar que sujetos descerebrados conviertan las calles de las ciudades en pogromos, fomentar el pensamiento y el diálogo. Pero qué estupideces estoy diciendo. Se me olvidaba que estábamos en Europa. Se me olvidaba que la historia no hace sino parir cadáveres.
Slavoj Zizek, en un magnífico libro titulado "El frágil absoluto", escribió:
"Al confrontarse con la violencia y el odio racial, hay que rechazar por completo la idea multiculturalista estándar de que, contra la intolerancia étnica, habría que aprender a respetar la alteridad del Otro y a vivir con ella, desarrollar la tolerancia ante estilos de vida diferentes, etc. La forma de combatir efectivamente el odio racial no consiste en apelar a su contrapartida inmediata, la tolerancia. Lo que necesitamos, por el contrario, es todavía más odio, pero un odio político real: odio dirigido al enemigo político común" (p. 20)
Ese "enemigo político común" es, simplemente, la verdadera fuente de violencia sistémica: los mecanismos aberrantes de la sociedad del bienestar, las demandas de goce constantes que ese Otro que se encuentra en los medios (la publicidad, lo políticamente correcto, la ideología dominante, el Sentido Tutor...) nos mete por los ojos. La condena que tenemos encima, una condena de infelicidad constante que viene, ya hay que decirlo claro, de las propias consecuencias del flujo del capital y del plus-de-goce. Ese es nuestro enemigo: el que nos ofrece un caramelo libertario y solidario cuando al mismo tiempo nos invita a comprar una casa que no podemos pagar, un coche que no necesitamos, una piel suave y tersa para mantener el goce, y al final, una hipodérmica desmemoria histórica de manual.
Me gustaría terminar, como tantos posts, diciendo aquello de "volveremos sobre el tema". Ojalá no sea cierto. Ojalá no tengamos que volver a ver el fantasma de Auschwitz paseándose por nuestras calles. Y sin embargo, qué tonterías estoy diciendo de nuevo: Volveremos sobre el tema. Volveremos una, dos, mil veces sobre el tema. Volveremos hasta que nos fallen las fuerzas o hasta que esos valientes y solidarios universitarios nos encierren en un aula y nos prendan fuego.