Creadores de imágenes

Apuntes de cinefilia psicoanalítica

03
Mar
2011

The ships are full

El buen documental, de una u otra manera, siempre escapa a los tópicos y a los lugares comunes. E, incluso cuando se trata de un tan manido fake, aspira a enfrentarse de manera más o menos frontal con el problema de la verdad. "The ships are full" es extremadamente cuidadoso en su tono, en su montaje, en su precisa ordenación de los acontecimientos y las palabras. Podría ser un documental clásico si no estuviera atravesado por un cierto aire marítimo y navegable en el que los personajes se desdibujan con un cierto aire a lo Angelopoulos, si no fuera consciente de su naturaleza poliédrica y abierta, si no pecara -como debe pecar todo buen documental- de saberse portavoz de una historia y de una Historia.

Y es que la proyección organizada al alimón por la Casa Sefarad-Israel y la Embajada de Bulgaria tenía ese aire entre sagrado y familiar que impregna necesariamente las cosas importantes. Uno podría estar en casa, construyendo Historia, rodeado de rostros a medio camino entre el interés y el ansia de justicia. El documental es afilado, seco como un dry martini bárbaro aliñado con la sangre de las víctimas, humilde ante su mastodóntica voluntad de testimoniar. Documental que habla casi en un susurro, a media luz, pero que no se priva de retratar éticamente la palabra del Superviviente, del Testimonio que -contra todo pronóstico- afirma no considerarse víctima del Holocausto porque pudo escapar, de refilón y como en un parpadeo, a las mandíbulas hambrientas del III Reich. Llegan hasta nosotros los cuerpos retorcidos, cuerpos de palabras y ademanes incomprensibles pero verdaderas, cuerpos que se enfrentan ante el objetivo de la cámara con las migajas de su propio estar contra todo pronóstico. Si Shoah es un documental sobre la muerte, The ships are full es un documental sobre la vida.

Luego, pasada la proyección, uno escucha otras palabras: las de Kostadinov Kostadin Bonev y Vladov Vladi Kirov, director y el guionista de la cinta. Y, en esas otras palabras -palabras de lo que a mi me gusta llamar los "testigos de tercer grado"-, uno se sorprende y se fascina ante la medida humildad, la exquisita sencillez de dos hombres que han levantado un mausoleo a/en la esperanza pero que apenas quieren ocupar una sombra al fondo del proscenio. Hablan con pasión pero sin grandes aspavientos, cuentan lo justo para dignificar -más, si cabe- su trabajo, pero no se engolan en el oropel barato de su propio nombre. Qué diferentes son los pequeños grandes cineastas, esos que comprenden que cada secuencia rodada es un pequeño milagro y que tienen el don de la imagen entre los dedos. Qué diferentes, y por cierto, cuánto hay que aprender de ellos.

Después la noche madrileña me engulle a toda prisa y otros compromisos -menos interesantes, menos necesarios- se me amontonan sobre la mesa de trabajo. En el lapso de tiempo en el que tardo en atravesar la plaza de Ópera, los dueños de los perros más gélidos de Madrid hablan de temas extraños e incomprensibles. Yo intento otear por los esquinazos de la capital en busca de un mar que nunca llega, un mar siempre ajeno en el que retumban las últimas palabras del último testigo de la cinta: "¿Es capaz de comprenderlo?"

01
Feb
2011

Carta abierta a Nacho Vigalondo

Estimado Sr. Vigalondo:
Debo comenzar diciendo que me he tomado la molestia de leer con bastante atención los materiales referentes a la polémica que se ha desatado al respecto de la colección de chistes sobre el Holocausto que puso en circulación mediante el bendito Twitter. Y debo seguir añadiendo que le escribo no tanto como un estudioso de estos menesteres, ni como profesor universitario que considera fundamental que sus alumnos conozcan la verdad -aunque después decidan olvidarla, discutirla, ampliarla o incluso refutarla- sobre lo ocurrido en los campos y sobre la responsabilidad del audiovisual -en general- para con el otro. Le escribo como lector de su blog, y también como apasionado del cine.
Dicho esto, debo confesar que me encuentro profundamente cansado de vadear los pozos fecales de tinta que su intervención nos ha regalado. Usted mismo definió su particular humor como un "detecta gilipollas", así que le tomo la palabra y le sigo el hilo: me pregunto quién es más gilipollas, el que salta indignado rasgándose las vestiduras porque una estrella mediática vinculada -a priori- con la izquierda niegue el exterminio y sus manifestaciones audiovisuales, o quizá el que corre a felicitarse por el humor sórdido, y al final, en algunos comentarios de ciertos blogs que no citaré por higiene, aprovecha la situación para afirmar que negar el Holocausto -o incluso revivirlo- es el mejor favor que se le puede hacer a la llamada "causa Palestina".
De la supuesta imparcialidad ética de ciertos medios habría mucho que discutir, sobre todo cuando el Holocausto se resucita principalmente para recordar a las víctimas republicanas, que las hubo, y muchas. Usted, según tengo entendido, es experto en satirizar la tragedia, y así puede utilizar el humor como mecanismo (¿de defensa? ¿de ataque a-la-contra?) frente a todo lo que considere adecuado: ETA, el Holocausto, y quién sabe, quizá nos deslumbre pronto con una colección de piezas breves sobre el 11M. Usted, ya digo, podría ser como los cabareteros judíos que se mofaban públicamente del nazismo hasta que eran deportados a los campos, o como el payaso judío que Jerry Lewis intentó conjurar en su cinta nunca rodada -"The day the clown cried"- en la que acompañaba haciendo reír a los niños hasta el interior mismo de las cámaras de gas.
Pero no. No es el caso. Usted realiza una afirmación histórica: "El holocausto fue un montaje", y espera que nosotros nos demos a la carcajada cínica. Reírse tras seis millones de cadáveres, en efecto, es mucho reírse. Es reírse seis millones de veces, es reírse con las lágrimas de Abraham Bomba en Shoah, es reírse con el cuerpo destrozado de Primo Levi, es reírse hasta no parar o hasta que nos muramos de miedo. El problema, Sr. Vigalondo, es que usted afirma ser un tipo gracioso, de humor universal, y sin embargo, exige otras veces que se le tome en serio. Por ejemplo cuando habla de la Ley Sinde o de su -manda huevos, que diría el otro- papel moral como mediador a favor de "A serbian film" . El olvido es muy oscuro, Sr. Vigalondo, y en este último post usted se jactó explícitamente - "con tanta sangre fuera de la pantalla la que gana es la propia película, y así nuestros respectivos blogs funcionan como herramientas al servicio de la supuesta transgresión."- mediante el recurso de lo irónico, de lo bien que funcionaba aquello de utilizar el estómago y los hígados para ganar visitas.
Vuelvo al principio. Usted ha afirmado: "El holocausto es un montaje". Cualquier historiador, por humilde que sea, confirmará que el holocausto es un tema más importante que la Ley Sinde o que "A serbian film". Así que voy a hacer lo que nadie ha hecho: le voy a tomar en serio. Le voy a leer al pie de la letra, y le voy a pedir, por supuesto, que me explique qué quiere decir -con "cuatro copas de vino" o sin ellas- que el holocausto es un montaje. Si es una broma, le pido que me la explique. ¿En qué parte de "El holocausto es un montaje" puedo localizar el chiste? Quizá en que usted esperó a tener 5000 followers para soltar la primera burrada que se le pasó por la cabeza. Si esa es su justificación, Sr. Vigalondo, me permito el lujo de recordarle un hermoso proverbio hebreo: "Los sabios no dicen barbaridades. Si dicen barbaridades, no son sabios aunque se hagan llamar rabinos".
Probablemente, usted podrá aducir que no quiere ser sabio. Y yo me pregunto: entonces, ¿por qué escribe un blog para una cabecera que se quiere seria y respetuosa? ¿Puedo creer en una publicación informativa que es, literalmente, anunciada por un tipo que no aspira a ser un sabio? ¿Puedo comprar un periódico que es anunciado por un tipo que afirma: "El holocausto es un montaje"? ¿Qué clase de información me va a suministrar la gente que sabe mucho de Ipads pero que, ay, no quiere ser sabia?
En fin, no quiero extenderme más. Le dejo mi profunda decepción como lector y le deseo suerte para sus próximos artículos que, probablemente, no leeré. Eso si, me gustaría recomendarle encarecidamente que, como buen cinéfilo, aproveche alguna tarde tonta para volver a ver la escena de Montgomery Clift en "¿Vencedores o vencidos?" (Judgment at Nuremberg, Stanley Kramer, 1961). Serán cinco o diez minutos en los que, estoy seguro, no dejará de soltar hilarantes carcajadas. Por lo demás, el suyo no es un caso aislado: si lo piensa, hace ya mucho que dejamos de exigir a los colaboradores de los periódicos que fueran rigurosos, exhaustivos, brillantes y sabios. Hace mucho también que dejamos de pedirles que fueran, simple y llanamente, seres humanos.
Reciba un saludo:

A. R.

11
Ene
2011

Preparando la visita de Claude Lanzmann a Madrid

"Cada uno de esos cuerpos emergiendo de ese vasto mar desnudo, para caer uno sobre los otros, a pares, en bultos, en el agujero oscuro. Oscuridad. Un mar de cuerpos enterrados, engullidos"
(La cuestión humana, Nicolas Klotz)

1.
Atravesando la inmensísima ciudad de las sombras, capital gélida de amores empobrecidos y cuerpos que se abisman de frío ahora que no se puede fumar en los bares. Llevo casi una semana leyendo compulsivamente el último libro/mausoleo de Saul Friedländer, hasta las dos de la mañana fumando lentamente, página tras página, cafés y más cafés, escritura histórica, los niños fueron a la cabalgata pero mi cabalgata es un único tren que traquetea hacia los campos. Por ejemplo, página 92 del primer tomo:
"A medida que pasaban los meses de 1933, Hitler debió de comprender que podía contar con el apoyo genuino de la Iglesia y de la universidad: cualquier oposición que pudiera existir no sería expresada mientras los intereses institucionales directos o los principios básicos dogmáticos no se vieran amenazados"

2.
Hace poco, para la encuesta de Imaginario, me preguntaron cuál era mi película favorita de toda la década pasada. Contesté que "La cuestión humana".
No sé si lo recuerdas, no sé si te lo he contado alguna vez.
Hace dos inviernos, salí de los Verdi acompañado de Santa Juana de los Mataderos, creo que era la sesión de las 20:30. Al principio bajé en dirección al metro en silencio, luego a ella la llamaron por teléfono y luego yo me quedé mirando las farolas de la calle Bravo Murillo. Y luego, apenas unos segundos después, me derrumbé con toda la fuerza que tenía en el cuerpo. Así de sencillo. Como un castillo de naipes en mitad de la última tormenta de la tierra. Nunca he vuelto a sentir nada semejante al salir de una sala de cine.

3.
A veces el libro de Friedländer me da demasiado miedo, así que salgo a dar una vuelta, escucho un poco de la versión que Abbado dirigió de "La flauta mágica" en el 2006, me enciendo otro cigarro. Veo viejas películas de Douglas Sirk, más Douglas Sirk.

4.
Al salir de los Verdi, en otro invierno de hace dos años, un laberinto de imágenes desgarrando todo lo que encontraba a su paso, Mathieu Amalric fumando junto a una ventana como yo fumo junto a mi ventana, Mathieu Amalric destrozándose en una rave como yo me destrozo en una rave, Mathieu Amalric escuchando un fado como yo escuché los fados de una Lisboa tan hermosa que a veces parece que la soñé y ya se me ha escapado para siempre. ¿Quién era Nicolas Klotz para rodar esos planos, para utilizar así a Schubert o a Syd Matters? ¿Quién era yo, por qué mi rostro era el rostro de Matthieu Amalric, por qué mi pasado era el pasado de Mathieu Amalric? "Like drowning with a stone in your pockets", decía el tema principal de la película, un fundido a negro.

5.
A veces no sé si defender a Claude Lanzmann. Uno intenta defender que el relato es algo eterno, necesario, algo salvífico. Lo dicen en Trama&Fondo, lo digo yo en mis clases, lo digo en los correos electrónicos que me voy cruzando con propios y extraños, lo digo en las copas que me tomo con Mr. X en los bares en los que ya nos conocen. Pero Claude Lanzmann demostró lo contrario, demostró que el relato también tenía un límite, y uno no sabe qué hacer con ese límite, no sabe a quién llamar, a quién consultar, a quién pedir auxilio. ¿Y si es cierto que el relato tiene un límite? Ese límite puede tener dos nombres, lo decía en un post hace poco: Dios o Auschwitz.

6.
Santa Juana de los Mataderos no entendió, quizá, el derrumbe absoluto en aquella sesión de las 20:30 a las puertas de un cine. Me intentó curar las heridas con la pericia de aquellos que conocen a la perfección la geografía de nuestra angustia, Dios la bendiga. Pero Klotz había trenzado un texto sagrado, me había regalado un texto sagrado. Hay que dar las gracias en silencio, como si fuera una salmodia en un rincón oscuro del guetto o en un tren que traquetea hacia un rincón anodino en Cracovia.

7.
Algunas noches, quebrando el comienzo de "Rebecca", sueño que vuelvo a Auschwitz. Vuelvo para terminar el libro que no se termina nunca, vuelvo para sentarme otra vez a la puerta del bloque 11, vuelvo para atravesar en silencio el camino que separa el portón con las últimas velas de Birkenau. Vuelvo para encontrar aquello que no se puede encontrar nunca en el campo de exterminio: el límite del relato, el rostro de mis padres, mis abuelos, mi propio rostro. Luego despierto y miro por la ventana, escucho rugir al perro de los vecinos de arriba, a la niña que llora en otro piso. "Mi infancia son recuerdos de un campo de exterminio", pienso, y me vuelvo a dormir.

8.

Claude Lanzmann, en Madrid, este jueves. Presenta nueva película. Es todo.

09
Dic
2010

Gesetmaní o El segundo domingo de Adviento

"La ferviente espera nocturna en el Gesetmaní de la crisis de la modernidad. Las víctimas de Auschwitz merecen otra cosa: merecen ser el recuerdo del cumplimiento de un proyecto coherente, de una propuesta de construcción de la modernidad que exigía su sacrificio, no convertir su muerte en una simple contingencia, en un accidente o en una perturbación de nuestra atmósfera cultural"
(Ferran Gallego)

Dice el mito -y ahora, en el umbral mismo de la Navidad, es importante no dejar que los seductores mohínes del capital nos roben lo poco que nos queda de nuestro universo simbólico-, que en la espesura infranqueable de Gesetmaní, un hombre conoció el auténtico significado de la angustia al reflejarse en la certidumbre de su propia muerte. Comprendió, quizá de un plumazo, hasta qué punto su conversión en mito requería necesariamente el paso voluntario hacia el abismo. Ese es probablemente el primer brutal punto de fuga de la historia de Occidente. El segundo es, sin duda alguna, Auschwitz.

Las víctimas de Auschwitz no pueden ascender a la categoría de lo mítico. Hacerlo significaría exterminarlas de nuevo, convertir las montañas de ropa del campo de exterminio en pulpa para turistas hambrientos, en ratón Mickey del horror dispuesto a pasar a nuestra tarjeta USB en la cámara digital. Auschwitz es la Disneylandia de la angustia, o eso intento defender en una novela que llevo escribiendo varios años y que probablemente nunca termine. Háganse una foto en el interior del crematorio, el auténtico space mountain de la eternidad, la auténtica casa encantada. El tren de la bruja desemboca en el inmenso patio de Treblinka, mi amor.

Leo en el estupendo ensayo breve de Francisco Morente Valero ("La universidad alemana y la construcción del Tercer Reich") que una parte importantísima del cómodo nido del nazismo en las esferas académicas pendió de unos estudiantes fanáticos que no tuvieron el menor reparo en amenazar, boicotear las clases y montar la farándula nauseabunda de la camisa parda en las clases de los profesores non gratos. Paul Krause (anterior rector de Münster) se suicidó tras semestres de ataques inhumanos, quizá al comprender su absoluto fracaso como profesor en un mundo que no quería profesores. Luego vuelvo a repasar mi archivo y cotejo el intento de linchamiento de los representantes judíos hace medio año, o la alegre chavalada de las tarjetas rojas que se dedica a insultar e increpar a los ponentes no ultra-izquierdistas que pasan por las aulas. Cierta universidad española, no se confundan, no está muy lejos de la universidad homicida en la que trabajaban brillantes genetistas y afilados expertos en química que apuraban las fórmulas de la masacre. Hail, Diosa Locura.

Los revisionistas, por supuesto, siguen quemando libros y reescriben la historia. Están tan desesperados como cualquier otro ciudadano que estudie en serio la historia del exterminio durante un tiempo razonable. Pero para ellos, negar la evidencia es, al mismo tiempo, afirmar que la humanidad no ha sido capaz de llegar a ese punto de locura. Les entiendo, y quizá les compadeciera si no fueran tan peligrosos como confundir el rimmel con una cuchilla de afeitar. Si no se han leído -pese a quien pese- el magnífico y demoledor "La revisión del Holocausto" de César Vidal, dificilmente podrán comprender la magnitud del problema con el que nos encontramos. Háganme caso y no se dejen vencer por sus prejuicios.

Los que no estamos tan confusos o desesperados como para acabar bebiendo de la fuente del revisionismo, tenemos que volver a Auschwitz para intentar comprender qué es lo que ha pasado con nuestro proyecto de la modernidad. Qué fue aquello que se nos escapó de las manos, por qué ya no parece tan claro qué cosa es ser un hombre, qué cosa es la humanidad. Cualquier genocidio -deporte psicótico oficial del siglo XX- es una factura por pagar en el libro de cuentas de nuestra cordura. Volver a pensarlo otra vez, con cuidado, volver a sentirse interpelado por su construcción es, después de todo, volver a darse una oportunidad a uno mismo para no renegar de lo poco que nos constituye: la poca piedad, el poco amor, la poca esperanza. Es sentarse como un niño delante de un jarrón roto y pensar si, Dios mío, hay una posibilidad de ensamblar los pedazos sin que se note demasiado. Un jarrón con la forma de nuestro futuro.

Por lo demás, algunos consultan el horóscopo y el tarot, otros consultan la enésima fórmula matemática, y otros conjuran la oui-ja de la guerra civil. Yo, que no soy mejor que ninguno de ellos, escarbo en las huellas de los trenes que llegaban a Birkenau y me pregunto, maldita sea, si estoy (si estamos) haciendo lo suficiente.

08
Jun
2010

Canción triste de los pogromos

Uno siempre intenta no hablar demasiado de política en este blog. Se repite constantemente que los objetivos son principalmente cinematográficos, que ya nos cuesta basante pensar el cine con cierta profundidad como para meterse en otros territorios adyacentes. Un blog -además institucional- no tiene por qué ser un espacio para pontificar. Así que vamos a empezar por el obligatorio disclaimer de turno: todo lo expuesto en este post responde exclusivamente a mi opinión personal, y en ningún caso representa ni a la Universidad que lo aloja ni a la Facultad en la que imparto docencia.

****

Llego de Estocolmo con las maletas llenas de libros y de buenos recuerdos. Como por ejemplo, tomarme un café en el recóndito Judiska Museet frente a los trajes originales que Magö diseñó, entre otras, para "Sonrisas de una noche de verano", "Tarde de circo" y "Creadores de imágenes". Hablaré de todo ello en próximos posts, si la actualidad y el tiempo lo permiten. La cuestión es que regreso de Estocolmo y me encuentro, entre otras desoladoras noticias, con que los pogromos han resucitado por arte de magia y en la Universidad Autónoma algunos miembros de la comunidad judía se salvan milagrosamente de un linchamiento protagonizado por los nuevos cachorros del pensamiento universitario y por otros "radikales" de la libertad.

Y se confirma lo que uno siempre ha pensado: que el antisemitismo sigue estando presente en el núcleo mismo de nuestras sociedades, que espera como una serpiente agazapada y analfabeta a que corran vientos trágicos para volver a manifestarse con toda su virulencia. Ahí está el profundo desconocimiento de la propia historia del siglo XX -véanse, por ejemplo, esas incomprensibles cadenas de correo que "hermanan" fotografías de la Shoah con otras (im)pertinentemente situadas a favor de la causa palestina. También están la necesidad de salir guapo en la foto de la solidaridad, los vientos de la moda y de lo políticamente correcto, la hermandad de la alianza de los pueblos más hermanados, la pachamama, la constante presión mediática y académica, el continuo ninguneamiento de los estudios sobre el Holocausto, la idea de que en España no tuvimos nada que ver con la II Guerra Mundial, la banalización tarantiniana y postmoderna... a los que seguimos empeñados en salmodiar nuestro particular kaddish se nos acusará de fascistas, de proyanquis, de traidores contra los pueblos oprimidos.

Es la canción de siempre, con la diferencia de que ahora se nos ha metido en casa. En nuestro propio sistema universitario se pasean, sin mayores consecuencias, las sombras de los pogromos para goce y zarabanda de los estúpidos, para celebración de los adalides de la tolerancia, porque ya lo dijo el mismísimo Engels -hay otros autores a los que se atribuye la frase-: "El antisemitismo es el socialismo de los imbéciles". Que siga la rueda flamenca. La reforma universitaria quiere crear ciudadanos para Europa, para una Europa competitiva y conectada con el mercado, práctica, internacional, con competencias. Debe ser que lo están consiguiendo, porque parece que nada hay tan europeo como el antisemitismo, como el linchamiento popular, como la revisión constante de la constelación de Auschwitz y como el trazado en el cielo de las cenizas ajenas. Pobre Europa, a la que amamos tanto, que tanto recorta y tanto sufre con su pequeña crisis burguesa y económica, pobre Europa, puta de Babilonia intelectual que quiere ser árabe o asiática, o cualquier otra cosa menos Europa. Pobre Europa de hijos pobres y desmemoriados, que no se ha leído a Bauman ni a Freud ni a Celan, que ni siquiera se ha leído los Evangelios. Pobre, paupérrima y despreciable Europa hipócrita, que imposta una piedad desde la mayoría de los púlpitos mediáticos y académicos pero niega gozosamente el holocausto.

¿Qué falló en el sueño de la transición que al final resultó que un aula universitaria podía ser también la Odesa zarista, o el guetto de Varsovia? Kaddish, otra vez, velas que tiritan en la inmensidad de un cortejo fúnebre interminable y el rostro serio de tantos "nuevos-grandes-hombres" que afirman condenar la violencia pero que sonríen secretamente cuando se escucha el ladrido de los perros a este lado de la alambrada. Qué exquisito goce siniestro el de aquellos tipos que arrasaron el aula e intentaron colgar a unos míseros, miserables, despreciables judíos. Rindamos culto a la diosa madre en la oscuridad de los vertederos, pero sobre todo, que se nos note que nosotros, pese a nuestro Iphone, también somos el Pueblo Oprimido de turno. Que no nos robe el sueño el futuro, porque el futuro somos nosotros.

Uno acaba ya cansado de este circo. Cansado de guardar silencio. Cansado de pasar por tibio. Cansado de no escribir, de no decir lo que hay que decir, cansado de tener que bajar la cabeza por pensar que todavía somos responsables y culpables, que el Holocausto no prescribe, que la Universidad debería cubrirse con un manto de vergüenza por escaparse voluntariamente de su obligación última: evitar que vuelva Auschwitz, evitar que sujetos descerebrados conviertan las calles de las ciudades en pogromos, fomentar el pensamiento y el diálogo. Pero qué estupideces estoy diciendo. Se me olvidaba que estábamos en Europa. Se me olvidaba que la historia no hace sino parir cadáveres.

Slavoj Zizek, en un magnífico libro titulado "El frágil absoluto", escribió:

"Al confrontarse con la violencia y el odio racial, hay que rechazar por completo la idea multiculturalista estándar de que, contra la intolerancia étnica, habría que aprender a respetar la alteridad del Otro y a vivir con ella, desarrollar la tolerancia ante estilos de vida diferentes, etc. La forma de combatir efectivamente el odio racial no consiste en apelar a su contrapartida inmediata, la tolerancia. Lo que necesitamos, por el contrario, es todavía más odio, pero un odio político real: odio dirigido al enemigo político común" (p. 20)

Ese "enemigo político común" es, simplemente, la verdadera fuente de violencia sistémica: los mecanismos aberrantes de la sociedad del bienestar, las demandas de goce constantes que ese Otro que se encuentra en los medios (la publicidad, lo políticamente correcto, la ideología dominante, el Sentido Tutor...) nos mete por los ojos. La condena que tenemos encima, una condena de infelicidad constante que viene, ya hay que decirlo claro, de las propias consecuencias del flujo del capital y del plus-de-goce. Ese es nuestro enemigo: el que nos ofrece un caramelo libertario y solidario cuando al mismo tiempo nos invita a comprar una casa que no podemos pagar, un coche que no necesitamos, una piel suave y tersa para mantener el goce, y al final, una hipodérmica desmemoria histórica de manual.

Me gustaría terminar, como tantos posts, diciendo aquello de "volveremos sobre el tema". Ojalá no sea cierto. Ojalá no tengamos que volver a ver el fantasma de Auschwitz paseándose por nuestras calles. Y sin embargo, qué tonterías estoy diciendo de nuevo: Volveremos sobre el tema. Volveremos una, dos, mil veces sobre el tema. Volveremos hasta que nos fallen las fuerzas o hasta que esos valientes y solidarios universitarios nos encierren en un aula y nos prendan fuego.

01
Oct
2009

Cine vacío/Cine del Vacío

Notas para un debate cinéfilo, al hilo de lo expuesto por Marc en mi post anterior y por ciertos mails incendiarios que han corrido a jalear sus argumentos :D

1.

Vamos a empezar por el principio: por el argumento manido del cine como elemento de ocio, elemento de divertimento comercial para pasar el rato. Manifestación que llena domingos por la tarde, sábados después de comer y otras geografías inhabitables que no se han comido ni el Capital ni los otros círculos de la Cultura.

El problema de este cine no es que no exista (porque existe), sino que -desde mi mirada, que es la que juzga- no se encuentra en los títulos que distribuyen las majors. Pongo tres ejemplos recientes traídos a vuelapluma: "Terminator Salvation", "Distrito 9", "Asalto al tren Pelham 123". Las tres estrenadas en las minisalas de mi barrio los últimos seis meses, las tres entradas pagadas religiosamente por un servidor. Ninguna mención de cierta profundidad a las tres en mi blog o, siquiera, en las clases que imparto en la Universidad. ¿Por qué? Simplemente, porque son cintas vaciadas, cintas efímeras donde no existe experiencia alguna que uno pueda pensar con cierta seriedad. Cito a Barthes, cuando hablaba de las fotografías bien realizadas pero vacías de punctum: "Esas fotos de reportaje son recibidas (de una sola vez), es todo. Las hojeo, no las rememoro; jamás un detalle (en tal o tal rincón) acude a interrumpir mi lectura: me intereso por ellas (igual que me intereso por el mundo) pero no me gustan".

Por ejemplo, en los diez primeros minutos de "Anticristo" hay suficiente material (cinematográfico, pero también existencial) como para mantenerme vivo -espera, ¿no era de eso de lo que estábamos hablando? ¿de cintas que te mantenían vivo?- durante al menos una semana. Diez minutos, esto es, casi 900.000 frames donde la experiencia cinematográfica se vuelve algo salvaje, algo incontrolable, una especie de aullido entre la náusea y lo sublime -me paseo por Trías- para acabar llegando a la conclusión de que, joder, después de todo esto de pensar el cine merece la pena.

2.

Dos películas comerciales que me han parecido apoteósicas en todos los sentidos: "Brüno" y "Arrástrame al infierno", ambas visionadas -y pagadas- en los mismos minicines. Sobre la segunda, lamentablemente, no llegué a escribir en este espacio. La primera no dejaba de ser una saturación humorística de la misma náusea que pasea Von Trier. La segunda era una cinta terrorífica, rápida, violenta y burlesca como el mejor Tarantino antes de que sufriera una sobredosis de auterismo. En el fondo, la cinta de Raimi no aspiraba a ningún otro propósito que al de "pasar un buen rato" pero tenía detrás todo lo que le falta al cine comercial contemporáneo: un pensamiento, la intuición de que el cineasta realmente se había sentado delante de un café durante varias tardes para pensar cuál era la mejor manera de contar aquella historia. Y claro, el terror traspasa de manera brutal la mirada, porque es un terror que no piensa que eres una planta-educada-por-el-conductismo, un perro de Pavlov cinéfilo. Es un terror que fluye hacia el interior desde un pensamiento puramente cinematográfico.

Abro mi cuaderno de notas y releo todas las demás referencias garrapateadas durante lo que llevamos de 2009. Veo algunos títulos que flotan con una latencia breve en un magma de tiempos muertos ("La sombra del poder", "Star Trek 2009"...) pero algunos nombres flotan con esa insistencia del punctum al que hacía referencia: no te dejan dormir, no te dejan respirar, te apuntan con un simple frame a la cabeza.

3.

Un ejemplo de pereza intelectual. Tarantino afirma sentirse especialmente orgulloso de la escena en la que la heroína judía se maquilla frente al ventanal con Bowie de fondo. Yo, en el cine, contemplaba aquello con la mandíbula apretada y las cejas torcidas. Aquello, maldita sea, era su truco de magia de siempre. El mismo uso del tiempo, del espacio, de la música, de ese movimiento de cámara aéreo que nos deslumbró en Kill Bill pero que aquí acusaba su tic, su rasgo, su manía. Es como si su homónimo en el Testimonio de La Hora Chanante -con los que si me río, y mucho- hubiera invadido la pantalla gritando: "Esto es Tarantinooooooorl, chavales". Y no se lo perdono. No lo hago, ciertamente, porque hay millones de maneras de rodar a una mujer que se dispone a vengar a su familia, una mujer hermosa, un trauma infantil, un viejo cine en París... ¿por qué, maldita sea, tengo que ver exáctamente la misma secuencia que cuando aquella otra mujer se preparaba para enfrentarse a las huestes asiáticas? ¿Qué ocurre? ¿El mundo es el mismo, Tarantino es el mismo, nadie ha cambiado nada desde principios del 2000? En oposición a este mismo tic -que nada tiene que ver con los estilemas- se me ocurren decenas de ejemplos: el Lynch extremo de "Inland Empire", el Eastwood de "Gran Torino", el Welles barroco de "Fraude", incluso el Allen grisáceo de "Cassandra´s Dream". Se puede ser un autor sin acabar fotocopiándose compulsivamente a sí mismo. Y si Tarantino despunta como EL fotocopiador de la industria, lo que nos queda es esa frase que retumbaba en la cabeza del narrador de "El club de la lucha". ¿La recuerdan? "Cuando se padece de insomnio, nada parece real. Las cosas se distancian. Todo parece la copia de una copia... de la copia..."

La escena de la ventana -hay otras, pero no tan sintomáticas- es la copia... de la copia... de la copia... Y creo que eso es lo imperdonable. Si Tarantino hubiera decidido rodar una película sobre Auschwitz, una película pensada, medida y controlada como fue "Pulp Fiction" o ciertas partes de "Kill Bill" (¡recuerden la conversación entre Bill y la novia en blanco y negro, fuera de la iglesia! ¿No era aquello el Cine?), aquello hubiera podido cambiarnos para siempre, hubiera podido llegar tan lejos como llegó Lanzmann. Puede incluso que más lejos. Pero no lo hizo. Y no lo hizo porque el vacío, ya lo dije, no interesa nada a Tarantino, sino que siempre llena sus películas de cosas: de diálogos, de palabras, de música, de acción. Pero no de vacío. Y si no las llena, contradictoriamente, de ese vacío, no puede pronunciar una Palabra, esto es, está condenado al balbuceo. Aunque sea un balbuceo maravilloso y potentísimo en algunos momentos. Pero es balbuceo. Cháchara. Palabrería. No es pensamiento.

4.

Con lo que llego otra vez al corazón del problema: el nazismo - esto es, los Campos- fue un problema de pensamiento. De pensamiento y de lenguaje. Lo importante no es tanto poner el cartel de "Prohibido hacer bromas" como poner el cartel "Prohibido pensar mal". Por otra parte, quiero recordar que tanto Chaplin como Lubitsch grabaron sus comedias contra Hitler en 1940 y 1942, antes de que llegaran a nosotros las imágenes grabadas en los Campos. Quizá -y aquí vuelvo a ponerme la sotana, lo siento- después de 1945 y la difusión de las grabaciones en los Campos, adquirimos una cierta responsabilidad audiovisual. Y no fue ni con el Cine, ni con el Pueblo Judío, ni con las Víctimas o los Caídos o los Damnificados o cualquier otra etiqueta más o menos sagrada. El compromiso fue, simple y llanamente, con nuestro propio concepto de humanidad. Después de todo, todos queremos seguir llamándonos hombres y que esa palabra sea algo hermoso, ¿no?

29
Sep
2009

Crítica: Contra "Malditos bastardos" (I)

La tiranía de la teoría. Quizá deberíamos empezar por ahí, empezar por la tiranía absoluta de lo que uno va llevando en la mochila, va pensando, hilando, con la paciencia estúpida de las arañas del pensamiento. Pensar desde el principio para llegar más lejos, o algo así dijo en alguna ocasión González Requena. Uno acaba tiranizado por su propia línea teórica, dominado por lo que construye, me voy de una voltereta a Bolaño y cito de memoria: el objeto de la pasión siempre acaba por poseerte, pagas un precio.

Con lo que la culpa de que no me haya gustado "Malditos bastardos" es exclusivamente mía, y no de la cinta. Es el precio que uno debe pagar por haberse dedicado a la teoría holocáustica desde hace ya unos añitos, a pensar los campos de exterminio y la barbarie nazi con cierta seriedad. Es el precio de haber visto "Shoah" de Lanzmann: haberla visto del tirón, de verdad, varias veces. Haberla visto, no como toda esa gente que dice que se ha leído a Proust o a Baudelaire o a Godard o, yo que sé, al propio Pabst. Vi "Shoah" de Lanzmann y algo cambió, algo se rompió o se perdió por el camino, con lo que luego llegó Tarantino con un peliculón, una gran película, pero no. La crítica amena, divertida y bien escrita ya la dibujó -con un trazo entre el cómic/crítica y la referencia festiva- Pilar Ruiz, con la que estoy de acuerdo. La crítica sesuda y depurada ya la ha publicado Ángel Quintana en la Cahiérs, en un texto que es seco como un balazo de gimlet.

Ahora llego yo y tengo que decir que no, que de ninguna manera, que ya está bien de tanta postmodernidad y tanto baile de juguetes rotos porque el pensamiento, cuando no se usa, cuando se deja en un cajón para que se lo coman las ratas, efectivamente, se lo comen. Las ratas de la historia -ustedes ya las conocen- mastican alegremente el documento histórico hasta vomitarlo, y así resulta que no hay tanta diferencia -a nivel teórico- entre "Malditos Bastardos" y el musical de Anna Frank. Entre el situacionismo del bastardo -sin malditismo, bastardo de todo a cien- de Noam Chomsky y la risa floja de Tarantino, risa histérica/histórica, risa de todo: de su estructura caótico-capitulera, de que los malditos bastardos sean lo menos importante de la ficción, del homenaje constante, del "porque yo lo valgo", que al final es de lo que va esta peli.

El problema de Tarantino, y vamos a decirlo ya de una vez por todas, es que ha visto películas coreanas de Serie B y blaxplotiation por un tubo, pero no se ha leído a Hannah Arendt ni lo va a hacer en la vida. Y así no se puede, no se puede pensar ni la II Guerra Mundial ni el Exterminio, ni el problema judío, ni todas esas cosas que el director maneja con una soltura de cinéfilo con problemas de contención. A Tarantino, como todos sabemos, el problema del mal, la teodicea, la presencia del horror es algo que le resbala, que no le atañe. El problema es siempre la banalización, qué pesados los puñeteros teóricos que no nos dejan reírnos en paz en la butaca con su maldito problema con la banalización del mal, qué pesados y qué moralistas y qué aburridos. El teórico del holocausto es -soy- como el cura del pueblo censurando las verbenas, o como aquel personaje de Fellini fascinado/horrorizado por una Ekberg gigante y su vaso de leche. Tarantino saca el vaso de leche del horror a pasear pero luego nos ofrece unas galletas dulces, dulces, empalagosas, no vaya a ser que el arsénico que flota con su almendrado disfraz dentro de Auschwitz vaya a llenar nuestras exquisitas naricillas hedonistas.

Así que, lo repito: la culpa no es de la película. La culpa es mía. Pero eso no es suficiente. No, al menos, si lo que uno quiere es utilizar un cierto pensamiento contra el horror.

15
Jun
2009

Good (Amorim, Vicente; 2008)

Ciertamente, Amorim viene con la lección aprendida, con el frac rancio de director comprometido que aprieta un poco en la sisa pero que sigue quedando elegantón a la par que sobrio en las fotos de familia cinéfila. Algo sabe de narrativa y algo sabe del Exterminio, con lo que hace una cinta en la que parece (se intuye, se sospecha) que podría haber alguna cosa interesante al fondo del subtexto, una colección de pequeños cartuchos de pólvora mojada que soprenden por la simple sugerencia de lo que podría haberse encontrado en su interior. Luego uno se pone a rascar su biografía y resulta que Amorim es el hijo del Ministro de Exteriores de Brasil (administración Lula) y se entienden muchas cosas. Como por ejemplo, la brutal ausencia de figuras patriarcales en la cinta, el no-demasiado-complejo Complejo de Edipo del protagonista y lo bien que le sale a Mortensen poner cara de tonto como si aquello de los campos se lo topara uno así, de la manera más tonta. Pobres alemanes buenos, y pobres buenos alemanes.

Y es que uno a veces tiene la impresión de que Amorim es un listo y nos está timando. Ha rodado una peli sobre el nazismo que no habla apenas sobre el nazismo, sino de otras cosas mucho más interesantes ahora mismo como qué hacemos con la vejez (cosa que ya estaba, pero desafinada, en Benjamin Button) o qué hacemos con el goce y el deseo, cuando todo el mundo sabe que la tercera edad está manifiestamente en peligro de extinción y que el primer paso hacia el Apocalipsis de andar por casa es darle al goce todo lo que pide. Mortensen se pone cañón con el traje de las SS y así es donde Amorin se pone de verdad a reflexionar bien sobre la cosa (últimos 15 minutos), porque llega a la verdad escondida en el atractivo estético del nazismo, que no es sino el deseo lacaniano extremo. La fagocitación del Otro requiere siempre de una estética exquisita. La pesadilla, por definición, tiene que ser excitantemente estética.

Pero antes de eso, lo que hay es una historia de amor/pavor a cinco bandas entre el bueno de Viggo, su madre, su esposa, su amante y su psicoanalista judío, y así no se puede. O se habla del sexo (y se hace un Salón Kitty o un Portero de noche, o a las malas, un Saló o las 120 jornadas de Sodoma), o de la familia (y se hace un La carcoma) o se habla del III Reich. Pero pasarlo todo por la turmix del melodrama y darle unas gotitas de Aktion-T4 y de look-Lager, pues mire usted, no sé qué decirle.

Uno empieza a pensar que los melodramas sobre el nazismo están destruyendo la seriedad sobre los estudios holocáusticos. "El último tren a Auschwitz" o "Aritmética emocional" son buenos ejemplos de que la gente tiene que seguir pensando los campos pero pasando por la casilla de salida para cobrar los 20.000. Y así es imposible hacer buen cine o pensar algo a derechas. Aplicarle la plantilla del relato de Vogler/Campbell a todo lo que huela a nazismo es una aberración histórica, una vergüenza para abofetear al personal a la salida de los estrenos. No se puede tratar a Eichmann como si fuera Cristiano Ronaldo o Guti. El códice de los templarios no está escondido en una esquina de Treblinka. Y así, la cara de tonto de Mortensen es la cara que se le va quedando al personal hasta que, justo a 15 minutos del final, Amorin se toma en serio a sí mismo y decide hacer cine de verdad.

Porque hay 5, o 6 minutos finales impresionantes, y entonces la cinta decide ponerse en ruta (la comparación entre "Good" y un tren ya la hizo hace poco Iban en su blog) y uno descubre que ha pagado seis euros por ver algo específicamente cinematográfico e intelectual (en el mejor sentido de la palabra), algo que otorga luz y buen hacer, juego macabro de la representación con eco del mejor Pontecorvo. Y el resto de la película, aunque sea levemente, se ilumina y cobra un cierto sentido, se señala a sí misma sin necesidad de estúpidos trucos narrativos, sino con la fuerza misma del lenguaje cinematográfico. Esto es, que despliega un engranaje formal efectivo, que Amorin encuentra la manera exacta de contar lo que hay que contar, y le planta cara a todo el horror del tema. Pero lo hace con la cámara en la mano. Y eso, después de todo, es lo específicamente cinematográfico. Lo más difícil de disfrutar. Lo más arriesgado.

14
Dic
2008

"La cuestión humana" o todo lo que tengo que decir


1a. Un tipo de público se acerca a "La cuestión humana" sin haber pasado por los meandros siempre dolorosos de Bauman y de Lanzmann. Argumento contrario: hay gente que piensa que el buen cine tiene que ser universal, que todo el mundo debe entenderlo a la primera. Así, por ejemplo, si un bakala de la periferia o un pseudocinéfilo tarantiniano se aburre con la película, automáticamente el valor de la cinta queda descartado. Frente a lo que:
1b. Un tipo de cine requiere de un espectador formado que sea capaz de hilar reflexiones de una cierta profundidad al mismo tiempo que la película va desplegando su discurso. La línea entre el cine snob y las obras maestras de esta categoría es tan fina que no me atrevería a delimitarla con una serie de ejemplos ni de normas. Digamos, de momento, que es una cuestión de experiencia, o mejor dicho, de la experiencia vivida en el interior del texto fílmico.
1c. Frente a lo que se suele decir, la experiencia vivida es siempre un acto subjetivo que arrastra unas consecuencias personales y que, a su vez, requiere de un ejercicio de memoria y de intuición, de "conexión existencial" con todo lo que ya se ha vivido. Esto es: que sin Bauman y sin Lanzmann y sin un cierto esfuerzo de pensamiento resulta prácticamente imposible tener una experiencia en el interior de "La cuestión humana".
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2. Ese estúpido tópico (jaleado por los llamados "programas divulgativos" tanto de radio como de televisión) nos marea con la idea del cine como un divertimento, la vieja idea de "vamos al cine a pasarlo bien, a entretenernos", olvidando así que el cine es un lugar desde el que se mira el mundo, desde el que se juzga el mundo y desde el que se recuerda.
2a. La experiencia vivida en "La cuestión humana" no tiene nada de divertido ni de entretenido. No pretende esa vieja estupidez tan de moda en ciertos planes de fomento del pensamiento que pretende "enseñar divirtiendo" o "formar amenamente". No es comprensible que el aprendizaje no suponga un esfuerzo, y por definición, no es comprensible que el premio de ese esfuerzo no sea el placer del aprendizaje mismo. Por lo que:
2b. "La cuestión humana" provoca una experiencia de crecimiento mediante el dolor, alcanzando así (al menos en mi experiencia subjetiva) una categoría cinematográfica reservada a una serie de películas que considero obras maestras y gracias a las cuales mi vida es un lugar más habitable: "Persona" de Bergman, "Sacrificio" de Tarkovski, "Ordet" de Dreyer.
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3. El problema de "La cuestión humana" no está tanto en el texto como en el espectador que se empeña a leer el texto al pie de la letra, mal-educado por el Modo de Representación Institucional y por el cine de Hollywood. Digo mal-educado porque casi siempre la experiencia cinematográfica se reduce a la fórmula "te cuento una historia", y ya va siendo hora de empezar a pensar que el cine no está ahí simplemente para "contar historias", como si fuera un abuelo simpático o un libro del autor de moda. El cine no es "La sombra del viento".
3a. El problema del espectador que lee mal "La cuestión humana" es que puede no entender la historia porque no queda claro si el malo es el malo y el bueno es el bueno, ni si el relato es tal o cual cosa, ni la forja del héroe ni perrito que nos ladre. El problema es que la película se reproduce, como experiencia, en el interior del espectador.
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4. "La cuestión humana" habla de todo el sufrimiento que se está acumulando en las oficinas de la postmodernidad y todas esas exigencias de la sociedad de consumo que ya nos tienen jodidos, destrozados, con la soga al cuello y una vida personal deficitaria. Las horas invertidas frente a una pantalla de ordenador, por ejemplo.
4. "La cuestión humana" habla de todo el sufrimiento que se originó en las oficinas de la modernidad y todas esas exigencias de la sociedad productiva que jodió la historia de Occidente, los cadáveres apilados y una conciencia nacionalista deficitaria.
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5. "La cuestión humana" se proyecta mientras escribo estas líneas en una única sala en todo Madrid. "Ultimatum a la tierra -2008-" en 22 salas. "Gomorra", en 11.

18
Ene
2008

Reflexiones al hilo de "El último tren a Auschwitz (II)"


(sumo y sigo...)

5. Se tiende a decir que "Shoah" es la película definitiva sobre el Holocausto. Uno de los muchos motivos es que en nueve horas y media da tiempo a construír casi todo. Otro motivo es que "Shoah" está magníficamente cerca de ser en sí misma un tratado de cine, un corpus teórico aplicado en su interior, una reflexión poderosísima sobre la imagen y sus riesgos. Ninguna película después de "Shoah" puede ser la misma, de la misma manera que ningún comic después de "Maus" puede ser el mismo. "El último tren a Auschwitz" es una película igual a un millón de películas más. Por lo tanto, no es nada. No existe, aunque dure dos horas y tenga un inicio, nudo y desenlace.
6. Volvemos sobre nuestros pasos: a los teóricos profesionales les indigna la escena de las duchas de "La lista de Schindler". A mi me insulta hasta la náusea la supuesta reproducción de la entrada de Birkenau que se ofrece al final de "El último tren a Auschwitz". Una rampa con una silueta al fondo y un puñado de extras mal colocados no puede ser la antesala del infierno. Un viejo que chochea cantando la "Oda a la alegría" entre una lluvia de cenizas no es una imagen poética. Hay más poesía en la mirada de las colas que descendían hacia las cámaras de gas en "La pasajera" de Munk. Hay más cine. Lo que hay aquí es cutrerío, poco dinero, poca imaginación y un uso deplorable del espacio fílmico. El plano/contraplano puede ser un arma magnífica. En esta cinta es un insulto contra la inteligencia.
7. La cinta original se llama "El último tren". Cosa que, obviamente es mentira ya que después del trayecto que recrea la cinta (el último Berlín-Birkenau de 1943) hubo muchísimas más estaciones, muchos más trenes. ¿Qué pasa con los judíos húngaros, griegos, las últimas hornadas de los judíos deportados desde Terezín? ¿Se quedan fuera de la Historia? ¿No interesan porque no son alemanes hasta el punto en el que el propio director los desprecia y los exilia en el título? ¿Todos los que murieron en 1944 no existen?
8. El director se recrea una y otra vez en la rima visual entre el humo del tren (que vemos) y el humo que vendrá de la cámara de gas (que imaginamos macabramente). Además de ser un recurso cinematográfico de primero de carrera, se aburre con él, se explota, se hincha como si fuera la metáfora definitiva sobre el viaje holocáustico. ¿Acaso nadie le habló del maravilloso e intolerable (por cruel, por delirante, por cinematográficamente imposible y por políticamente incorrecto) final que tenía "La zona gris"? ¿Qué pasa ahora? ¿Dónde quedan las migajas de la narración después de ese final?

Sobre este blog

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Doctor de la Facultad de Artes y Comunicación de la Universidad Europea de Madrid. Miembro de la Asociación Trama & Fondo y de la Asociación Española de Historiadores del Cine. Colaborador habitual en varias revistas especializadas ("Shangri-la Textos Aparte", "Versión Original"...)

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