Las tardes que me siento Antoine Doinel

Regresar a la ciudad a finales de este Agosto me pone algo nostálgico y un poco estúpido, entre insoportable y niño malcriado que viaja en metro mirando de reojo a las desconocidas. En el primer post después del verano uno debe hablar de lo que ha ido trabajando en las vacaciones, de "Canino" o de "Origen", o de los proyectos para el curso 2010/2011. Pero no. Fíjese usted que a mi me apetece hablar de Antoine Doinel, quizá porque hace no mucho ya hablé de mis desencuentros con Truffaut, y ahora, vaya por Dios, tengo que llevarme la contraria y confesar que bueno, que quizá sí, que hoy Madrid es un París enorme y que he entrado por la M30 escuchando a Luis Eduardo Aute, porque no me siento especialmente pop ni especialmente indie, sino -ya lo he dicho- un poco nostálgico y un poco insoportable y todas esas cosas que uno nunca escribe en los blogs, o si lo escribe, lo maquilla y se busca una excusa.
Así que me voy a peinar en el espejo antes de salir pitando para los cines del barrio -la taquillera que me regala los descuentos estará de vacaciones, qué se juegan- y me encuentro con el plomo de Doinel al otro lado del espejo, que me mira y esboza una sonrisa entre malévola y empática. Doinel, el de "Besos robados" para adelante, el díscolo que al principio de "El amor en fuga" se montaba en un tren sin billete detrás de una mujer a la que había conocido en un cortometraje exquisito -"El amor a los veinte años"- y entonces regresan aquellos otros versos que no son de Aute pero también son exquisitos: "El amor se despide por un momento/El verano se lo lleva lentamente/Te deslizas dormida por los raíles del tren". Tanto amor: en fuga, en tren, a los veinte años, pero Antoine Doinel sigue al otro lado del espejo y está encerrado también en esta ciudad que a ratos parece deshabitada y a ratos parece en llamas, y a ratos parece otra ciudad, algo así como un recuerdo infantil desdibujado, una carcajada en un botellón hace décadas.
Este verano, al volver a ver "An education" -que, debo confesar, apenas resiste un segundo visionado- me entró la puñetera intuición de que nuestra década ha ganado internet pero ha perdido cualquier tipo de bohemia que no esté impostada. Creo que entenderé a Truffaut cuando cumpla los treinta y pico y tenga una mirada capaz de proyectarse en otros territorios, y no andar siempre tras la pista de la angustia cinematográfica.
Hasta entonces, queda dicho, me siento Antoine Doinel y me quedo apoyado aquí, en las balconadas de este blog recién abierto, con las paredes recién encaladas y un otoño que se sugiere seductoramente mientras sueño con calles del centro, tardes en la filmoteca, recuperar una bohemia personal que sea lo suficientemente ridícula como para que pueda representarme sin problemas. Salgo para los cines del barrio. Tras el cristal, por supuesto, la ausencia de la taquillera como la elocuencia del verano ya perdido y todas las promesas del tiempo que comienza, las ganas de escribir nuevos posts por aquí (no puedo esperar para escribir las críticas de "Los mercenarios" y de "Karate Kid"), las ganas de seguir sintiéndose anacrónico, un Antoine Doinel en un mundo que late al ritmo de Lady Ga-Ga.
Como suelo hacer cada vez que se acercan las vacaciones de verano, me siento a hacer repaso con los apuntes tomados durante todo el año por las cafeterías del centro, a ver si se encuentra alguna conclusión más o menos razonable sobre todo lo visto y pensado durante lo que va de año. Hoy, por empezar por algún lado, empiezo por el cine visto en sala, con la necesaria lista de lo más atractivo:

La manera en la que los textos dialogan, se confrontan y se reactualizan nunca dejará de sorprenderme. A veces, uno se deja arrastrar por este inmenso tapiz textual que la civilización ha ido tejiendo como una paciente y confusa tarántula a lo largo de tantísimos siglos, telaraña delicada y dedicada al trasluz de la propia finitud de los creadores. Es fácil caer preso, mirar de reojo los márgenes de la Historia y confirmar la inmensa levedad de lo que uno tiene.