La crítica beneficia seriamente la salud
La acumulación de acontecimientos afortunados -la inauguración del grupo de investigación Irina Khov, de la que hablaré por otro lado, el cierre de varios artículos comprometidos que tenía en el radar y, sobre todo, la asistencia al 17 Festival de Cine Solidario de Cáceres- han ido retrasándome las entradas en el blog. Pero como no hay que olvidar nunca las cosas importantes, aquí andamos de nuevo atrincherados tras el parapeto del pensamiento.
Precisamente, andaba ahora (re)leyéndome esa maravilla de Christian Metz llamada "El significante imaginario" y teniendo la impresión de que lo estaba descubriendo por primera vez cuando me topo con las siguientes líneas:
"Existe en el escritor de cine una tendencia más fundamental y de sentido contrario, que pretende establecer, mantener o restablecer el cine (o las películas) dentro de la posición del buen objeto. De este modo, la crítica de cine es imaginaria en sus dos grandes movimientos a la vez, mutuamente unidos por el lazo de una verdadera formación reaccional: en sus aspectos perseguidores de ciega polémica y en su notable cavidad represiva que permite la restauración, reparación y protección del objeto-cine" (METZ, Christian, El significante imaginario, Editorial Paidós, 2001, 26).
La crítica de cine, al contrario de lo que opina Metz, no es mayoritariamente imaginaria. Antes bien, cumple un contenido simbólico fundamental, que no es otro que el de generar un cierto órden del lenguaje, la posibilidad de erigir una Palabra sobre el cine. Una buena Palabra, se entiende. Pensemos en los mejores momentos de Andrei Tarkovski en "Esculpir en el tiempo": ¿no se trata del director que, a toda costa, se viste crítico para auto-dotar de una dimensión simbólica efectiva a sus propias obras? La lista sería interminable: "Imagenes" de Bergman, "El cine según Hitchcock" de Truffaut, los escritos de Wenders, Dreyer o Bresson. Siempre a vueltas con lo simbólico.
Todo esto viene de la enorme y positiva impresión que los compañeros de Versión Original/Fundación Rebross me regalaron durante el Festival de Cáceres. Allí se habló de casi todo, y se habló muy bien, desde distintas miradas políticas y cinematográficas, con el placer de estar arreglando/destruyendo esas líneas sociológicas que conectan las películas con, no sé, las oficinas, los dormitorios, los espacios cotidianos. Al contemplar la inmensa labor de la gente de Rebross -labor cinematográfica, pero también labor social en el mejor sentido del término- uno acaba pensando: "Pero si después de todo... ¡yo sólo soy un tipo que escribe sobre cine!". Pero ahí está el engranaje, el trabajo, la gente que está varias horas al día cediendo su tiempo y sus ganas para que salgan las cosas de la mejor manera posible.
Hay que leer a Metz para entender algo de la función del crítico: uno escribe para sustentar lo cinematográfico, para insuflar e impedir que decaiga la fascinación por el objeto-película. Es una labor pequeña, minúscula, irrisoria comparada con la del productor que hipoteca por segunda vez su casa porque, de alguna manera suicida, sabe que no tiene más remedio que rodar esa película. Pero, después de todo, sigue siendo nuestra excusa para hablar, para compartir, para pulir el pensamiento.


