Creadores de imágenes

Un trozo de celuloide. Un escenario. Una declaración de intenciones.

01
Sep
2010

Las tardes que me siento Antoine Doinel

Regresar a la ciudad a finales de este Agosto me pone algo nostálgico y un poco estúpido, entre insoportable y niño malcriado que viaja en metro mirando de reojo a las desconocidas. En el primer post después del verano uno debe hablar de lo que ha ido trabajando en las vacaciones, de "Canino" o de "Origen", o de los proyectos para el curso 2010/2011. Pero no. Fíjese usted que a mi me apetece hablar de Antoine Doinel, quizá porque hace no mucho ya hablé de mis desencuentros con Truffaut, y ahora, vaya por Dios, tengo que llevarme la contraria y confesar que bueno, que quizá sí, que hoy Madrid es un París enorme y que he entrado por la M30 escuchando a Luis Eduardo Aute, porque no me siento especialmente pop ni especialmente indie, sino -ya lo he dicho- un poco nostálgico y un poco insoportable y todas esas cosas que uno nunca escribe en los blogs, o si lo escribe, lo maquilla y se busca una excusa.
Así que me voy a peinar en el espejo antes de salir pitando para los cines del barrio -la taquillera que me regala los descuentos estará de vacaciones, qué se juegan- y me encuentro con el plomo de Doinel al otro lado del espejo, que me mira y esboza una sonrisa entre malévola y empática. Doinel, el de "Besos robados" para adelante, el díscolo que al principio de "El amor en fuga" se montaba en un tren sin billete detrás de una mujer a la que había conocido en un cortometraje exquisito -"El amor a los veinte años"- y entonces regresan aquellos otros versos que no son de Aute pero también son exquisitos: "El amor se despide por un momento/El verano se lo lleva lentamente/Te deslizas dormida por los raíles del tren". Tanto amor: en fuga, en tren, a los veinte años, pero Antoine Doinel sigue al otro lado del espejo y está encerrado también en esta ciudad que a ratos parece deshabitada y a ratos parece en llamas, y a ratos parece otra ciudad, algo así como un recuerdo infantil desdibujado, una carcajada en un botellón hace décadas.
Este verano, al volver a ver "An education" -que, debo confesar, apenas resiste un segundo visionado- me entró la puñetera intuición de que nuestra década ha ganado internet pero ha perdido cualquier tipo de bohemia que no esté impostada. Creo que entenderé a Truffaut cuando cumpla los treinta y pico y tenga una mirada capaz de proyectarse en otros territorios, y no andar siempre tras la pista de la angustia cinematográfica.

Hasta entonces, queda dicho, me siento Antoine Doinel y me quedo apoyado aquí, en las balconadas de este blog recién abierto, con las paredes recién encaladas y un otoño que se sugiere seductoramente mientras sueño con calles del centro, tardes en la filmoteca, recuperar una bohemia personal que sea lo suficientemente ridícula como para que pueda representarme sin problemas. Salgo para los cines del barrio. Tras el cristal, por supuesto, la ausencia de la taquillera como la elocuencia del verano ya perdido y todas las promesas del tiempo que comienza, las ganas de escribir nuevos posts por aquí (no puedo esperar para escribir las críticas de "Los mercenarios" y de "Karate Kid"), las ganas de seguir sintiéndose anacrónico, un Antoine Doinel en un mundo que late al ritmo de Lady Ga-Ga.

29
Jul
2010

Cerrado por vacaciones

Estimados todos:

El blog "Creadores de imágenes" cierra sus puertas hasta el próximo 1 de Septiembre. He reservado una habitación en el arrecife de Dónovan (véase "La taberna del Irlandés") con vistas nocturas a Solaris.

Os deseo a todos un buenísimo verano y espero (re)encontraros a la vuelta para seguir hablando de cine, de psicoanálisis, y de lo que haga falta.

Un beso y un queso.

29
Jul
2010

Crítica: Sinead O´connor en los Veranos de la Villa

Alrededor de las 10:15 de la mañana y todavía no ha salido ni una maldita crítica del concierto que merezca la pena. No me refiero, por supuesto, a las críticas oficiales de los medios de turno -que deben estar escritas por becarios veraniegos, a juzgar por la mala redacción y las constantes referencias al set-list distribuído a la prensa (un ejemplo: no cantó "Black boys" a capella y, para colmo, el título original de la canción es "Black boys on Mopeds"). Pero son las 10:15 de la mañana y en la verdadera esfera crítica contemporánea -esto es, la blogosfera- nadie se ha atrevido todavía a abrir fuego sobre el extrañísimo espectáculo que la O´connor protagonizó ayer en los Veranos de la Villa.

Espectáculo confuso y dual, a medio camino entre el cielo y el aburrimiento más absoluto, con momentos absolutamente apoteósicos y temas anodinos que se deslizan en el sopor veraniego. La O´connor viene a Madrid con un show esquemático compuesto por dos bloques de díficil conjunción: una colección de grandes éxitos en la que suena casi todo el "I do not want what I haven´t got" y, después, lo que ella misma califica como una "misa", una liturgia completamente forzada en la que se dedica a cantar en latín, desgranar canciones basadas en la Biblia, criticar al Vaticano y mandar sus bendiciones a un público completamente confuso. ¿Pero qué le ha pasado a la O´connor? ¿Cómo puede tenernos casi treinta minutos de profunda paja mental pseudomística después de haber llegado a la cima del show con la -para mi, inesperada- revisión de "Nothing compares 2 U"?

Hay que quedarse con lo bueno, supongo, y pensar que uno ha tenido el privilegio de estar en la segunda fila de un concierto razonablemente histórico, y además, que ha podido disfrutar de momentos realmente conmovedores. El arranque brutalmente amargo y poderosísimo que la compositora compartió en "You made me the thief of your heart" -la canción que aparecía en la película "En el nombre de padre"- fue, quizá, uno de los mejores momentos que recuerdo haber vivido en un directo. Sin embargo, todo lo demás -todo lo que no fueran las propias canciones- parecía estar en contra: un público discreto que a duras penas ocupaba más de la mitad del recinto, un muy discreto (y simplón) sonido acústico que no hacía justicia a los temas originales, las miradas de reojo al reloj.

El silencio de los blogs, como decía al principio, es sintomático del pequeño fracaso de la O´connor. Todos preferimos escribir de otras cosas mejores, no tener que asumir que nos han tomado un poco el pelo y que ese concierto que andábamos esperando no ha sido El-Concierto-Del-Año. Por otra parte, quizá es el momento de empezar a valorar si el ostracismo mediático al que fue condenada hace ya unos años se debió unicamente a la famosa bronca por la foto del Papa o, si por el contrario, lo que lo desencadenó fue una frustrante sequía creativa que todavía sigue arrastrando y que no tiene pinta de ir a desaparecer.

22
Jul
2010

Listas de Julio de 2010 (I): Cine en sala

Como suelo hacer cada vez que se acercan las vacaciones de verano, me siento a hacer repaso con los apuntes tomados durante todo el año por las cafeterías del centro, a ver si se encuentra alguna conclusión más o menos razonable sobre todo lo visto y pensado durante lo que va de año. Hoy, por empezar por algún lado, empiezo por el cine visto en sala, con la necesaria lista de lo más atractivo:

1. La cinta blanca

2. El cónsul de Sodoma

3. Shutter Island

4. Un hombre soltero

5. El libro de Eli

6. An Education

7. Fish Tank

8. Kick Ass

9. Sherlock Holmes

Y punto pelota. Por no poder, no puedo ni llegar a los diez títulos, y me consta que algunos de los que he esbozado bien podrán ser puestos en duda por cualquier amigo de la cosa. Soy consciente de las voluntarias ausencias que he dejado en la lista (ni "En tierra hostil" ni "Robin Hood"), y de la tremenda rabia que me da haber incorporado un único aunque muy meritorio título español. El 2010, como comentábamos hace poco vía facebook, va a toda velocidad hacia la categoría de Annus Horribilis. Me llama la atención que, por ejemplo, sin haber ocultado nunca mis dudas con respecto a un cine USA de distribución masiva, tres de sus títulos se me hayan colado a traición (el combo Saysles+Ritchie ha sido un alegrón en todos los sentidos), por lo que aportan precisamente a nivel de pensamiento. Eli es una defensa apasionante de lo Simbólico que cruza a Ford con Peckinpah y les hace bailar a ritmo de Prodigy. El Holmes ha sido probablemente la película más entretenida -en el mejor sentido de la palabra- que he visto en mucho tiempo en las salas y Kick Ass, como ya dije en su momento, es un poderosísimo ensayo audiovisual sobre la pregnancia del goce en las sociedades del bienestar.

En este mismo espacio me hubiera gustado hablar con más calma del doblete Fish Tank y Un hombre soltero, que me han parecido dos obras absolutamente conmovedoras. Cada una disparando desde dos azoteas diametralmente enfrentadas (el realismo sucio UK y la saturación poética) levanta brillantes reflexiones sobre el sufrimiento, la libertad y la esperanza. Mezclando piezas tan distintas como las de Bobby Womack o las de Abel Korzeniowski, al final lo que nos ha quedado son dos obras monolíticas, dos pedazo de cintas de las que te hacen salir del cine con las pilas puestas y con ganas de seguir trabajando. Películas, si me permiten el término, inspiradoras.

Hasta aquí llegamos por hoy. En la próxima entrega hablaremos de cine visto en dvd y filmotecas varias.

19
Jul
2010

El año que tampoco fuimos al FiB

"Porque quizá tendremos que ir tirando/mientras la primavera tarda aún en llegar" (Franco Battiato, Pobre patria)

1.

La historia es siempre más o menos la misma. Sobrevives al paternalismo estatal (que se convierte, por el camino, en paternalismo empresarial) y dejas de contar chistes machistas, te compras un coche que no contamine, haces deporte y comes en burdeles macrobióticos, te preocupa el cambio climático, acudes a minisalas en las que ofrecen en tres pantallas distintas la misma peli, soportas con la mejor cara posible ese brutal y violento recorte de libertades que sufre el sujeto postmoderno. Lo soportas porque tienes otras cosas en las que todavía no se ha metido esa Mega-Madre Estatal que nos cambia los pañales y nos hace ser tan justos y tan buenos ciudadanos. Tienes cosas potencialmente peligrosas que nunca comparten los responsables de la Corriente-Única-De-Pensamiento: Ian Curtis, Bret Easton Ellis (que acaba de sacar libro nuevo, habrá que estar atento), Crystal Castles, Desplechin, Zizek. Cae la tarde sobre el pequeño pueblo de la periferia y me puedo permitir el lujo de sentarme a la sombra de mi pequeña revolución burguesa e incómoda a meterme entre pecho y espalda "El idiota" de Dostoievsky, y sentirme razonablemente feliz.

2.

Lo digo casi siempre, aunque sea en conversaciones privadas con los amigos a altas horas de la mañana: se hace urgente una revolución. El Debate sobre el Estado de la Nación nos lo ha vuelto a demostrar: estamos vendidos. La revolución que yo sueño es una revolución personal, espiritual, una revolución de las pequeñas cosas que sacuda razonablemente los pequeños universos que quieran ser sacudidos. Una revolución que, como dice la famosa cita, no sea televisada. Una revolución que suene como "Crystalised" de los Xx o como "With Whiskey" de Tunng. Ayer mismo, por ejemplo, quiso el azar que viera dos películas tan aparentemente distintas como "For Ever Mozart" de Godard y "Hombres Intrépidos/The long voyage home" de Ford. Sin embargo, las dos cintas están unidas por un hálito mínimo, una caricia cinematográfica que las conecta en toda su disparidad. Godard quiere hablar de la guerra pero acaba hablando del cine y del pequeño triunfo que se impone en el horror. Habla del cine como una guerra perdida. Ford, por su parte, habla de la guerra pero en cine purísimo, con una capacidad fílmica y emocional absolutamente desarmante. Uno recuerda a los soldados israelíes bailando al ritmo de Ke$ha y sabe que ese es casi el Ford del siglo XXI: la carcajada, la burla, los soldados que se golpean a sí mismos perdidos en el interior de su propio código de honor. Ford entendió a los soldados, a los marineros, a los expatriados y a los mendigos de sí mismos como nadie.

3.

El año que tampoco fuimos al FiB estuvimos escribiendo la obra de teatro nueva en las horas muertas de la tarde madrileña. Santa Juana de los Mataderos siempre se parte de risa cuando me escucha repetir sistemáticamente: "Tengo ideas, nena, claro que tengo ideas". Es bueno saber que, entre que llega y no llega la revolución, uno va quedando con los amigos para arreglar el mundo y va escribiendo cosas, va soltando frases rancias con los protagonistas de Detour y se sigue cabreando con los mecanismos mismos del pensamiento. El año que tampoco fuimos al FiB nadie nos echó en falta, y sin embargo, qué difícil no soñar con esa revolución inminente, sagrada, esa escena de "Sacrificio" en la que el viejo Erland prendía fuego a su casa.

12
Jul
2010

Historias del cine Canciller

Cuando los años de la adolescencia, la chavalada del barrio pobre bajaba con un estrépito de horda salvaje a las sesiones de media tarde del Canciller para hacer el bestia, lanzar palomitas al proyector y hundirle las sesiones a los ancianos del barrio, que siempre emitían gruñidos guturales y salían en silencio por las puertas del fondo a mitad del pase. Aquello era un desfase de hormonas y a la salida, igual nos dábamos el bote hasta las canchas del barrio para tirar unas canastas e ir capeando la catástrofe de los catorce años. Creo recordar que era en "Reyes y Reina", la magnífica película de Desplechin, en la que un personaje le decía a otro: "No se sabe cómo funciona la adolescencia. Sólo sabes que mientras estás en ella odias todo lo que te rodea, un día termina, y después, te pasas toda la vida echándola de menos". Desplechin, ya lo he dicho muchas veces en este blog, es uno de los grandes nombres del cine contemporáneo.

En el Cine Caniller yo me tragué sin pestañear incontables sesiones de un cine paupérrimo, con el descubrimiento mismo de la adolescencia: "Jumanji", "Atraco al tren del dinero", el remake que Gus Van Sant hizo de "Psicosis"... dieran lo que dieran, yo acudía con los cómplices de aquellos años a seguir los estrenos y a hacer tiempo entre si llegaba la madurez y la gloria literaria. Lo primero llegó, y lo segundo se quedó en el cajón de los buenos propósitos y las malas intenciones, quizá en beneficio de todos. Sufría una peregrinación absurda por entre los amoríos y los libros que iba sacando de la biblioteca del barrio, y así me pasaba, que se me llenaban las noches de cine palomitero y Kafka, todo junto, y al final soñaba con escarabajos que salvaban a la chica en el último momento. También iban al Canciller los macarras de la zona con sus inmensos anillos dorados, sus pelos cenicero, y organizaban una procesión de motos crispantes a la puerta, como una cofradía que se iniciaba en las drogas y que se abría la cabeza por las oscuridades del Parque Calero en el que, según me cuentan, siguen poniendo el Cine de Verano. Ahora, los macarras llevan a sus hijos prematuros y no deseados a las multisalas que siguen abiertas por Ciudad Lineal, y a veces me cruzo con ellos en el estreno de turno. No sé si me dan lástima o me ofrecen un reflejo generacional tan preciso como desolador. Historias del barrio, ya digo.

También en los Canciller ("los Canci", decíamos entonces con la prisa adolescente por acortar el lenguaje a toda costa) comencé yo a fijarme en las taquilleras, que se convertían siempre en objeto de deseo por la vía rápida del fetiche cinematográfico. Muchos años después me haría medio amigo de alguna de las taquilleras que sobreviven en las multisalas, y al ir a pagar, se hacen las locas y me regalan descuentos o me teclean las ofertas sin yo pedirlo. Son buena gente, y ahí están siempre, momificadas tras un cristal sucio viendo pasar las sesiones y los años. Siempre he respetado a las taquilleras, quizá porque en mi familia siempre ha habido una tradición cinematográfica de entablar amistad con ellas y pagarles unas fantas a través de ese cristal opaco y somnoliento. Ellas también se marcharán al pozo del olvido con tantas tardes invertidas en verlo todo, ver mucho cine con los ojos bien abiertos y pagar religiosamente unas entradas por si cuela, por ver si los estrenos de la semana aportan algo o marean la perdiz.

Al final, como ocurre siempre en esta ciudad que tiene más Zaras que corazones, pegaron el cerrojazo y nos dejaron huérfanos a la chavalada. Nos mudamos a las multisalas del centro comercial, claro, pero no es lo mismo. La leyenda -decía Kafka, again- debe volver siempre a lo inexplicable. Nuestra leyenda de pobre del cine de barrio se nos escapó entre los dedos y se mudó a los mapas llenos de paraísos perdidos, de mentiras inventadas, mapas llenos de Pequods condenados a naufragar dulcísimamente. Qué quieren que les diga, será por la sobredosis de John Ford, pero hoy me he levantado un poco Garci y me ha dado por sentarme a pensar en aquella vieja sala.

01
Jul
2010

Hermosas distopías

"Estas son las últimas cosas. Desaparecen una a una y no vuelven nunca más. Puedo hablarte de las que yo he visto, de las que ya no existen, pero dudo que haya tiempo para ello. Ahora todo ocurre tan rápidamente que no puedo seguir el ritmo"

(Paul Auster)

1.

Llevo ya varias mañanas encerrado en la Filmoteca Nacional recuperando viejos archivos para un proyecto de investigación. El mundo se deshace lentamente y Occidente cada vez se parece más a la antigua URSS, con la diferencia de que ahora la víctima es mucho más televisiva y nos ofrece mucha carnaza a los escritores distópicos. La víctima es como el pobre Cristiano Ronaldo, que acumula un berrinche tras otro, o como aquel político que se siente insultado, o como aquel sindicato que paraliza mi ciudad a golpe de liberación siglo XXI. De camino a la Filmoteca, ya digo, veo que los viajeros de mi vagón -ya casi no viajo en Metro, y tengo una nostalgia mañanera- están casi todos leyendo libros repugnantes compuestos por infinidad de oraciones simples o coordinadas y capítulos cortos vaciados de cualquier gusto estético o literario. Una señora de cuarenta años, por ejemplo, lee un manual sobre Magia Negra comprado quizá en la santería del barrio céntrico. Me dan ganas de acercarme a esa señora y decirle, con voz muy clara:

- Usted se merece la huelga que está teniendo.

2.

Luego leo a Bataille, claro, y la cosa se pone todavía más oscura. Entre Bataille y Ford uno va quemando el inicio de este verano en el que, queda dicho, el mundo se deshace lentamente. La fiesta de la violencia sistémica está manchándolo todo: nóminas, IVAs, oposiciones, alcaldes, ministros, líderes de la oposición, Orgullo sin prejuicio, perros que toman el sol a la tarde de la periferia, niños asesinos que salen a la calle, TDT, chiquichonis en la tele y la peli de Flippy. Es como una soga conceptual, como si acaso el propio sistema económico liberal pudiera ahora mirarnos a los ojos y susurrarnos con voz ligeramente arrepentida:

- Te juro que es la primera vez que me pasa.

Y claro que no. Las caderas de Shakira -ese objeto a tan dado a plegarse al deseo del Otro-, o aquel día en el que la Thatcher lo dijo bien claro: "I want my money back", o aquel otro día en el que a todos nos entró tanta lástima por los niños pobres de Haití, o por el cambio climático, o por... De camino a la filmoteca, me doy cuenta de que los niños vegetarianos que se encadenaban para protestar en la puerta del McDonalds de Gran Vía ya no están. O es demasiado pronto -¿cuándo se despierta un revolucionario vegetariano?- o han encontrado novia o han aprobado unas oposiciones de la cosa y están de Vecinos Vocales en algún Ayuntamiento.

I want my money back, que no te enteras.

3.

Me escriben de una revista amiga y me piden un artículo sobre Dostoievsky. "Dostoievsky y el cine postmoderno", respondo, porque qué demonios podría yo decir de Dostoievsky en sí mismo, sino rogarles antes a ustedes -como hago siempre- que la próxima vez que viajen en un metro hagan el esfuerzo de llevar consigo "Los hermanos Karamázov". Que lo lean o no ya es cosa suya. Pero llévenlo cerca, mírenlo, piensen que ese libro existe y que quizá pueda ser el libro más maravilloso del mundo.

En la segunda parte de la novela, que Dostoievsky nunca llegó a terminar, Aliosha iba a ser una suerte de terrorista revolucionario. Qué gran novela hubiera escrito el pobre Fiodor en plena huelga de metro. Me pregunto si alguno de los políticos mayores de este país se ha leído alguna vez "Los hermanos Karamázov", y de no ser así, cómo demonios pueden dormir por las noches o echarse sus opíparas siestas en este verano confuso que entra por las ventanas. Lo mío con la política dejó de ser un desengaño para convertirse ya a estas alturas en una especie de furia cinéfila. No nos mires, únete: lee "Los hermanos Karamázov" y luego haz lo que quieras, tunea tu coche, mira videos de Callejeros en el youtube.

Pim, pam, toma Lacasitos. Pero antes de los Lacasitos, que no se te olvide esa pequeña cuenta pendiente que tenemos: I want my money back.

4.

Deleuze escribió una pequeña frase en la que bien se podría encerrar toda la inmensa catástrofe que se está fraguando en Occidente: "Si estás atrapado en el sueño de otro, estás perdido". El sueño, como elemento máximo del romanticismo, es la puerta privilegiada para la barbarie. Ahora mismo dicen que España sueña con el mundial, con tener a Shakira o a Cristiano en la cama, con un sendero mínimo. Dicen también que hay quien, después de una noche de intranquilo sueño, se levantó convertido en un horrible insecto. Un buen amigo economista me dice que los números no son una ciencia exácta porque un factor aparentemente secundario como la climatología o como la fluctuación de religiosidad de la gente puede mandar al traste en cuestión de segundos un trabajo de previsión de años. Tanto sueño, tanto visitante que vuelve de Solaris, tanta psicósis. Tanto paisaje distópico en las pantallas para no admitir lo que ya sabemos: que la distopía ya está aquí, y que nosotros, nos guste o no, tenemos un billete en primera clase hacia un sueño gozoso hacia el País de las Últimas Cosas.

30
Jun
2010

FORD #01: "Fort Apache"

Una de las causas fundamentales del ostracismo al que un cierto sector de la cinefilia durante los últimos años ha querido condenar al cine de John Ford hay que rastrearlo, sin duda, a ese argumento que se ha ido enquistando como una costra entre los mentideros de la cosa y que viene a decir que Ford ejemplifica una corriente ya caduca, rancia, protofascista, del cine clásico estadounidense. A todos los que piensan así habría que recomendarles, en primer lugar, que se sentaran delante de los 127 magníficos minutos que componen "Fort Apache" y que, después, intenten realizar un análisis textual en esa dirección. El fracaso sería mayúsculo, en tanto probablemente sea difícil encontrar, en ese momento, voces tan increíblemente distópicas y francas como la de Ford.

A veces parece que el cine USA sólo aprendió a hablar de sus fracasos a la luz de Vietnam. Comparando, en diagonal, dos cintas tan abismalmente distintas como, pongamos por caso, "Apocalipsis now" y "Fort Apache", podríamos trazar líneas paralelas y divergentes, en tanto Coppola propone un terrorífico show infernal y Ford, situado en el mismo territorio del fracaso y de la locura, sostiene un relato clásico con ciertos matices indudablemente incómodos. Ford, indudablemente, sabe del dolor tanto como Coppola, pero deja caer el peso de la guerra encima de un magnífico engranaje de personajes secundarios y sutiles y hermosísimos ritos que construyen sobre el lugar mismo de la tragedia. Las víctimas de Fort Apache se observan al trasluz del mismo horror histórico que las del propio Coppola, o quizá, que las de un cine postmoderno -empezando por "United 93" y acabando por "En tierra hostil"- quiso aplicar a los traumas post 11S.

Así que no puedo evitar que una de las emociones que me atraviesen en tanto espectador de la cinta de Ford sea, precisamente, la nostalgia. Nostalgia no compatible con la ñoñería ni con la infantilidad, ni con la estupidez de guardarropía histórica -nada hay de todo esto en Ford-, sino antes bien con la nostalgia ante el relato clásico, y posteriormente, ante la profunda capacidad de acción y reflexión que Ford dibujó en sus maltrechos héroes. La concreta -y al mismo tiempo, exquisitamente perversa- propuesta jerárquica del fuerte en el que se desarrolla la acción actúa como un potente espejo cóncavo del presente histórico. El planteamiento, por ejemplo, de ese acto suicida al que se ve poco menos que arrastrado el jovencísimo hijo de O´Rourke (Ward Bond) -recoger varios cadáveres abandonados en el campo de batalla- tiene en sí mismo el mismo núcleo espinoso que cualquier otra cinta bélica postmoderna, con la necesaria diferencia de que la acción del Sargento Mayor está dotada de un Sentido. Sentido histórico, o sentido político, pero ante todo, sentido profundamente personal y constructor, sentido que late en el relato y que hace que ningún espectador pueda escapar de la importancia casi hipnótica de los actos valientes, de una ética nunca enunciada pero que nada tendría que envidiar a los saltos en el vacío de Kierkegaard.

Al hilo de esto, el filósofo escribió en "Temor y temblor" -cito de memorieta, una vez más- que nada resultaba tan fascinante y tan contradictorio como contemplar a los que actuaban con fé verdadera en sus acciones. El planteamiento es el del acróbata que, en la frontera misma del vacío, es capaz de construír contra todo pronóstico una acción, un comportamiento basado en convicciones personales. Ahí es precisamente donde Ford realiza su magnífica exploración de la tragedia, en una cinta que puede ser cualquier cosa menos esa fascista celebración de la guerra que constantemente se le cuelga al cuello a Ford.

28
Jun
2010

Polémicas políticas sobre el Cine Español (I)

Uno sigue pensando en Cannes por seguir pensando el cine desde algún lado. No es el lugar de volver a repasar las mil críticas contra los organizadores y la mecánica o el palmarés del festival, pero ahí están siempre los grandes nombres del cine europeo. Así que vamos a Cannes, y en Cannes, como (casi) todos los años, la mínima presencia del cine español. Este año, todo hay que decirlo, lo hemos ganado a pulso. La euforia del año pasado con la que yo mismo escribía al referirme a cintas como Gordos o Tres días con la familia se ha ido descafeinando en un océano de Tensiones sexuales no resueltas. Ya estamos casi en Julio y uno todavía no ha visto una cinta española emocionante -con excepción, por supuesto, de El cónsul de Sodoma. 2010 ya se presenta como un Annus Horribilis más en la cinematografía patria.

Ahora bien, Cannes. Leo en varios sitios -especialmente en Cahiers- que mientras prácticamente todos los países europeos y parte de otras cinematografías asiáticas y norteamericanas han realizado sus primeras y valientes cintas sobre la crisis económica -ya sean documentales, ficciones, ensayos alienígenas o váyase usted a saber- aquí en España nadie se ha puesto a rodar sobre la precaria situación de nuestros mercados. El análisis de los cahieristas es bueno, pero se quedan en la superficie y no descienden al corazón del problema. ¿Por qué España sigue hablando de echar polvos pero no del destrozado y desilusionante panorama político? Como muestra, dos botones. En La vida empieza hoy -estrenada el pasado viernes-, una intolerable nómina de momias escénicas encabezadas por Pilar Bardem se encaran con un tema tan socialmente comprometido y revolucionario como es el sexo en la tercera edad. La semana pasada, el gran estreno español se escindió entre la transexual y bizarra La venganza de Ira Vamp y el pasmoso documental sobre la menstruación femenina La luna en ti. Mientras en Alemania o en Francia se preguntan por las crisis de la sociedad del bienestar, aquí nos preguntamos a qué huelen las nubes.

Lo que Cahiers no se atreve a decir es que en España nadie habla de la crisis por la sencilla razón de que la voz oficial política que protege y ampara al cine español no tiene ningún interés en acumular propaganda negativa al respecto. Si las conexiones entre el Gobierno Zapatero y los cineastas hubieran sido un poco más exigentes, si en España quisiéramos hacer cine político y no cine propagandístico, entonces otro gallo nos cantaría. Piensen sobre ello: ¿cómo es posible que cintas como Hay motivo se tardaran apenas unos meses en producir, rodar y distribuír, mientras que ahora mismo estamos haciendo el peor cine de la década? Lo siento por gente como Rebollo, pero ver a Carmen Machi haciendo de mujer abandonada en pleno estallido de la guerra de Irak -véase La mujer sin piano- tiene tanto que ver con la situación política española contemporánea como, no sé, "Garfield 3D".

Y así, en esta sencilla ecuación, el Cine Español nos traiciona a todos. Y, precisamente, nos traiciona porque nosotros deberíamos esperar algo efectivo, un grito, una voz auténticamente polémica en su interior. Siempre salvamos a nuestro Cine diciendo que es netamente social, que es un cine inconformista, afilado. Ahora resulta que nos estamos comiendo nuestras palabras con patatas, a la espera de que los actores y directores de la cosa hagan algo más que salir en campañas del Gobierno de España. Algo que no sea salir en las fotos de las manifestaciones. Algo de lo que deberían saber hacer: esto es, cine. Cine y pensamiento, cine para los millones de parados, cine contra los mecanismos de la industria, cine contra la crisis de los mercados, cine inconformista que nos represente en Europa y muestre que, joder, en España también queremos/podemos salir del batacazo financiero. Pero no. Documentales sobre la menstruación.

Con lo que al final, estamos otra vez en el bucle mismo de la ideología obscena: si las cosas no van bien en el trabajo, en la Bolsa, en la Industria, demostremos que aquí seguimos siendo los que mejor nos portamos en la cama en toda Europa. Saquemos a Pilar Rubio ligerita de ropa, un poquito de sexo oral a golpe de Corega Extra Fuerte, y que siga la juerga flamenca. Esto sigue siendo como el Landismo, pero en 2.0.

23
Jun
2010

Boceto para un (no) pensamiento nietzscheano

La manera en la que los textos dialogan, se confrontan y se reactualizan nunca dejará de sorprenderme. A veces, uno se deja arrastrar por este inmenso tapiz textual que la civilización ha ido tejiendo como una paciente y confusa tarántula a lo largo de tantísimos siglos, telaraña delicada y dedicada al trasluz de la propia finitud de los creadores. Es fácil caer preso, mirar de reojo los márgenes de la Historia y confirmar la inmensa levedad de lo que uno tiene.

De ahí que de un tiempo a esta parte decidiera comenzar a cursar estudios universitarios de filosofía, quizá consciente del inmenso boquete de conocimientos que me estaba pasando factura, quizá porque los diálogos que más me han interesado en los últimos años han sido precisamente los establecidos entre el psicoanálisis, la filosofía y la cinematografía. Y no me refiero tanto a los tratados de Deleuze, sino más bien a esa posible posición privilegiada en la que el cine se instituye ahí, frente a lo Real, frente al límite, para hacernos portadores de un desesperado consuelo. Leía hace poco en Juan David Nasio que la respuesta psicoanalítica no era sino "un sufrimiento parcial inserto en un fantasma, para escapar a un sufrimiento desmesurado y peligroso". Ahí se reintroduce toda la escuela lacaniana, con su particular reflexión sobre la existencia como enfermedad permanente.

Las heridas del sujeto ya son mayúsculas. No hay que ser muy listo, sino recurrir a toda la literatura analítica de los últimos veinte años, para comprender hasta qué punto nuestra concepción de lo que nos rodea ha sido destrozada, convertida en polvo y en cenizas, pulverizada hasta su mínima expresión, que acaba siendo una hermética subjetividad a todas luces insuficiente.

Aquí, después de todo, es donde me propongo atravesar a Lacan contra Nietzsche. Y es que una lectura parcial de Nietzsche en términos lacanianos podría ser tan demoledora que acabaría por llevarnos a un grado cero de escritura, a una angustia completa y ya sin salida posible. Tomemos como ejemplo el tan manido concepto del eterno retorno, ese constante juego de espejos interminable que se repite como un ciclo constante, resonando a lo largo de un tiempo eterno. Todo retorna siendo lo mismo, no hay salida posible en esa cinta de moebius que se encuentra en el interior del sujeto. Todo es un espejo en el que nos vemos reflejados incontables veces, sin que una simple brizna de piedad o de cansancio venga a modificar nuestra misma expresión. La idea es tan horrorosa que ciertos lectores han detectado en Nietzsche un supuesto planteamiento ético, algo así como una invitación a vivir sin miedo en ese universo que siempre vuelve a su punto de partida.

Sin embargo, la postura ética nietzscheana se hace del todo imposible a la luz de Lacan. A no ser, claro está, que estemos dispuestos a aceptar un mundo donde nuestra misma enfermedad vuelve a anclarse en nuestro mismo fantasma, convirtiendo todo lo que hacemos en un síntoma celebrativo, en un intento fallido de escapar de la rueda de nuestro propio sufrimiento. ¿Qué hacemos, por lo tanto, llegados a este punto? ¿Gozamos el síntoma? O, mejor aún, ¿volvemos a gozarlo, una y mil veces, sin posibilidad alguna de encontrar la inmensa paz perpetua kantiana?

Aquí, en esta contradicción mayor, es donde sólo puedo situar el brevísimo pero necesario consuelo del arte, de la creación. No importa, siguiendo a Nietzsche, que nosotros escribamos las mismas líneas una y mil veces. No importa, tampoco, que en este juego especular nuestros fantasmas ya hayan sido conjurados en, no sé, "La hora del lobo", "Barroco" o, llegados al extremo, en cualquiera de los Seminarios. La sensación de descubrimiento, la inmensa certeza de que algo se atraviesa en el arte que nos toca es, quizá, la única concesión que el delirio del eterno retorno nos ofrece al márgen de la ética. No puedo vivir alegremente en la perspectiva del eterno retorno, o al menos, no después de Auschwitz y de haber intuído el magma traumático que encierro en mi interior. Queda, en mitad de ninguna parte, la experiencia de inmensa piedad y comunión que me abraza cuando escucho, pongamos por caso "Is there anybody out there?" de los Pink Floyd o la "Pasión según San Mateo" de Bach.

Me consta que otros sujetos encuentran otras respuestas. Salen del repugnante círculo onanista y egocéntrico que nos carcome a la inmensa mayoría (ese YO a prueba de bombas que paseamos) y encuentran una respuesta en el otro inmediato. Muchos de ellos se vuelcan en el espejismo ideológico, consciente de que una bandera disfraza mucho mejor el tacto mismo del cadáver. Otros necesitan ansiolíticos, o libros de autoayuda, o el propio diván. Cada día tengo más claro -contra las voces mismas de un cierto psicoanálisis- que hoy más que nunca necesitamos la ayuda de la clínica y de la farmacología para controlar los muros de angustia que nosi rodean. Imaginen explicar a un enfermo de depresión la teoría del eterno retorno e intentar que se introduzca en su dimensión ética: aquello sería un fracaso de dimensiones épicas. Ya es tarde, necesariamente tarde.

Qué complicado es derramar la alegría en una perspectiva interminable de espejos. Yo me atrevería a afirmar que el propio Nietzsche supo algo de eso, y de ahí sus paseos en el filo mismo del abismo. De ahí que, por mucho que generalmente se nos haya hablado de un Nietzsche vitalista, a veces me cueste descubrir esa misma luz en sus textos, por no hablar de su biografía.

Pero esto, por supuesto, es un simple y limitado acercamiento. Las posibilidades de pensar la cura analítica en esta dirección quizá se agotan o quizá se hacen mucho más inmediatas. Las posibilidades de pensar un cine con nuevos planteamientos creativos y personales, sin duda alguna, se multiplican casi hasta el infinito y nos obligan a comparecer a todos -creadores, críticos, analistas, espectadores- con la urgencia misma de nuestros sufrimientos.

Sobre este blog

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Doctor de la Facultad de Artes y Comunicación de la Universidad Europea de Madrid. Miembro de la Asociación Trama & Fondo y de la Asociación Española de Historiadores del Cine. Colaborador habitual en varias revistas especializadas ("Shangri-la Textos Aparte", "Versión Original"...)

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