Hace tiempo, en los años 80, cuando triunfaban los juegos para ordenadores personales de 8 bits, los programadores tenían que ingeniárselas para exprimir al máximo los escasos recursos de las máquinas, haciendo auténticas virguerías para conseguir unos cuantos bytes más de memoria.
A pesar de la escasa memoria y la poca capacidad de cómputo de los ordenadores de la época, la gente que desarrollaba videojuegos era capaz de hacer grandes juegos que aún muchos recordamos con nostalgia.
Con el paso del tiempo, los ordenadores fueron evolucionando en prestaciones, y su precio bajó, comparativamente, de forma espectacular.
Este hecho motivó que cambiara la forma de desarrollar videojuegos.
Ya no se hacían los videojuegos para que se adaptaran a un determindado y limitado hardware, sino que se produjo un curioso intercambio de posiciones.
Ahora eran los usuarios los que adaptaban sus máquinas para que puediera funcionar un determinado videojuego. Era el software el que mandaba por encima del hardware.
Y asi sigue siendo por el momento.
El precio de ordenadores y componentes es lo suficientemente asequible como para que mucha gente decida actualizar o cambiar su equipo para mantenerse al día y poder jugar a todas las novedades que van saliendo al mercado.
Sin embargo, en la última decada se ha producido también otra evolución tecnológica y social muy importante y que, paradojicamente, ha hecho que muchos desarrolladores hayan vuelto a tener que pelear en las antiguas batallas de la escasez de recursos.
Se trata de la aparición y desarrollo de los teléfonos móviles, que cada vez van incorporando más funcionalidades, entre ellas la de plataforma de videojuegos.
Se ha hecho tan importante hoy en día el desarrollo de juegos para teléfonos móviles, que muchas grandes empresas de entretenimiento han creado divisiones para encargarse únicamente de este tipo de desarrollos, y las ventas de este tipo de juegos resultan millonarias.
El desarrollo de este tipo de juegos supone que haya que tener que ajustarse, como ocurriera en los juegos de los 80, a dispositivos con unas capacidades muy limitades.
Y lo mismo puede ocurrir con Internet y las páginas web. En los albores de la telaraña mundial, las páginas web se solían hacer de forma que pudieran verse en distintas resoluciones de pantalla, incluyendo la de los pequeños monitores de 640x480, y en ordenadores poco potentes y con conexiones lentas.
Ahora, con la banda ancha, los sitios web usan pesadas animaciones en Flash, multitud de imágenes, y preciosistas diseños hechos con AJAX.
Sin embargo, con la aparición de terminales con capacidades de conectividad avanzadas como el famoso iPhone 3G (la apuesta de Movistar) o el potente HTC Diamond (la apuesta de Vodafone, que por cierto me encanta), la gente empieza a usar los teléfonos móviles para navegar por Internet.
El problema es que en España, la navegación a través del móvil es navegación 3G de mentira.

A día de hoy no hay ningún operador que ofrezca tarifa plana de navegación a velocidad 3G. Al menos no a un precio asequible. Todos los operadores ofrecen una ridícula cantidad de datos para descargar al mes, que habitualemente va desde 200 Mb a 1Gb, y que una vez alcanzada, hacen que la velocidad de conexión se reduzca de forma considerable a 128Kbps, es decir, a casi la velocidad de un modem de hace 10 años. Y esto con suerte, porque hay operadores que lo que harán será cobrarnos los bytes extras a precio de gasolina.
En resumen, que lo más probable es que alcances los 200Mb en cuanto hayas visitado unas cuantas webs con fotos y animaciones, y que lo suyo sería que los sitios webs se adapten a esta nueva forma de navegar con lentas conexiones, restricciones en el tráfico y con pantallas pequeñas.