Mis dos meses con un lector electrónico
Los Reyes Magos me trajeron con anticipo un lector electrónico (o ereader), en concreto, el Sony PRS 600 desde EEUU. Llevo dos meses de uso intensivo, así que aprovecho el blog para contar a todo el que me pregunta mis impresiones.
Hay muchos lectores electrónicos, yo elegí el PRS porque me permite usar el diccionario en inglés con sólo pulsar en la palabra, además de subrayar y escribir sobre el libro. Quien no lo tenga que hacer, que no compre este modelo. Ganará en calidad de lectura pues la pantalla táctil provoca reflejos bajo algunas condiciones de luz, aunque a mí nunca me han molestado. Otra razón de peso para su elección es que permite la inserción de tarjetas de memoria y, sobre todo, el intercambio libre de todo tipo de archivos de texto (Word, rtf, PDF...). Por lo demás, tanto el tamaño de pantalla, como el peso o la duración de la batería son adecuados.
Evidentemente, leer ficción en papel es un meme muy arraigado en nuestro cerebro por lo que al principio resulta raro leer en pantalla. Pero la sensación dura lo que el texto que lees en atraparte, en seguida te olvidas de que no estás leyendo en papel. Por otro lado, leer ensayos o informes sí es de lo más natural, ya lo hacemos continuamente en la pantalla de nuestro ordenador y a nadie le va a resultar raro hacerlo en un ereader. Antes de seguir, la tinta electrónica no tiene que ver nada con la pantalla de un ordenador: no se refleja la luz, sino que se imprime a cada pasada de página. Se lee mejor que en el papel y no cansa nada nada la vista (y además podemos ampliar el tipo de letra a nuestro antojo).
Un elemento negativo es que se pierde el hojeo de libros, los ratones de biblioteca y librería me entenderán: ¿cuántas veces no hemos comprado un libro porque al hojearlo hemos descubierto un pasaje atractivo?, ¿cuántas veces no hemos leído un libro saltando alternativamente entre sus páginas? El lector electrónico casi nos obliga a leer de principio a fin, auque se disponga de la herramienta para ir a una página concreta. También pierde importancia el diseño del libro porque el lector homogeneiniza el aspecto, puede parecer un inconveniente, pero, paradójicamente, nos ayuda a concentrarnos en el contenido.
Por otro lado, ahora leo más que nunca y puedo ir saltando entre géneros y autores sin ningún problema, ahora mismo tengo más de 215 libros esperando: un poco estresante. Por cierto, sobre los géneros, aunque best sellers, clásicos y ficción en general están bien representados, es difícil aceder a poesía, teatro o textos especializados. Supongo que con el tiempo, se solventará el problema. Tal y como sucede en la sociedad informacional, en el libro electrónico el problema es elegir qué leer y no acceder a los títulos porque muchos (y cada semana más) están disponibles gratuitamente. Lo que nos lleva a otro par de conclusiones: las editoriales se tienen que poner las pilas ya y dejar de contener el muro de un embalse que les va a reventar si no ponen precios justos a los libros electrónicos que no tienen coste de impresión, almacenaje o distribución. No es posible que quieran cobrar lo mismo por un libro de papel que uno electrónico. Por cierto, autores, ¿por qué no publicar directamente y ganar más que el mísero 3% o 5% en el mejor de los casos que obtienen por la venta de cada ejemplar de papel?
Entre las cosas a mejorar, la lectura de cómic (supongo que la solución está en encajar las viñetas en el ancho horizontal de la pantalla), la resistencia a golpes y la humedad (olvídate de llevarlo a la playa o la piscina), el atractivo para los ladrones y cierta dependencia de una fuente de recarga (aunque tiene una autonomía real de unas dos semanas).
En conclusión, el lector electrónico es más que otro periférico: va a cambiar el acceso a la información porque los libros se comparten entre individuos sin dejar rastros (que tiemblen los tiranos), porque nunca fue tan fácil y barato que se pudiera leer cualquier libro, por lejos que estés de bibliotecas o núcleos habitados (bien para los países o regiones más pobres) así que se leerá más, sobre todo los libros sin restricciones de autoría (los clásicos serán más populares) y esto no supone la desaparición del libro como objeto —seguirá existiendo y usándose, aunque más selectivamente—, pero sí una revolución en la industria editorial que no ha sabido tomar lecciones de su vecina la discográfica. No lo dudes, en cuando puedas, hazte con tu pasaje al mundo de la literatura.



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