Vocaciones
Mientras muchos, los que pueden, están de vacaciones tratando de vivir el presente del ocio, los viajes o el mero descanso, otros, bastantes, tienen su vista puesta en el próximo curso que comienza en pocas semanas. Este contemplar el futuro académico con una especial ilusión, con la conciencia de que sus vidas pueden cambiar, es espacialmente significativo para aquellos que se plantean estudios superiores; bien de grado, Universidad o Ciclos Formativos, bien de postgrado. Para algunos, será su primera vez, normalmente jóvenes provenientes del Bachillerato, para otros, el seguir formándose profesional y personalmente. Seguramente para todos, la mejor manera de canalizar sus sueños y encauzar sus vocaciones.
Seamos pragmáticos, aunque sólo sea por un rato, las limitaciones de plazas en algunos estudios y centros; los horarios incompatibles con otras actividades, sobre todo las profesionales, y la falta de adaptación de determinada oferta a las inquietudes reales de los ciudadanos, son elementos frustrantes de la vocación. Y la vocación es, en el tema que nos ocupa, la adaptación libre que cada individuo hace de su talento a una actividad profesional concreta. De manera que cuando impedimos que una persona estudie lo que más le gusta estamos también limitando el desarrollo pleno de sus competencias personales.
Hace algunas semanas escuche en una conferencia al ex presidente de Costa Rica y premio Nobel de la paz, Oscar Arias, explicar que la superioridad de las universidades americanas se explica porque se sustentan en un sistema educativo que en su conjunto ofrece infinidad de asignaturas que permite que cada estudiante vaya haciendo su itinerario académico según sus preferencias y capacidades, es decir, según su vacación. Por el contario, añado yo, nuestro sistema tiene un gusto por la uniformidad, todos estudiamos lo mismo y de la misma manera, y por los itinerarios prefijados por el sistema. Lo más curioso del tema, mirado desde la perspectiva de los años de experiencia personal y profesional, es que esta rigidez no garantiza ciudadanos mejor formados no profesionales más competentes. Ni individuos más felices o sociedades más justas.
